lunes, 29 de mayo de 2017

Chile está en deuda con su patrimonio





Publicado en
http://www.lavozdelnorte.cl/2017/05/chile-aun-esta-en-deuda-con-su-patrimonio/

“Emulando el título de un informe que inauguró las reflexiones que el país hizo en materias culturales tras la recuperación de la Democracia, podríamos decir que Chile aún está en deuda con su cultura y, especialmente con la gestión de su Patrimonio”, sostiene el doctor Cristian Antoine, académico de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad del Pacífico y reconocido experto en políticas culturales.
Como argumento, el profesional plantea que “no hace mucho una encuesta demostró que el nivel de apropiación de la población chilena sobre su patrimonio e identidad dejó una sensación muy poco agradable, toda vez que casi el 43% de los encuestados no supo explicar de qué se trataba”.
Sin embargo, más allá de saber qué entiende la gente por patrimonio y cultura, Antoine indica que lo que debería preocuparnos es la efectividad del acceso a museos, teatros y libros, y la satisfacción que la población debiera alcanzar con esas prácticas de consumo cultural. “Todas las cifras disponibles proyectan serias dudas sobre la eficiencia de las políticas culturales que hemos orientado al incremento de las audiencias y la generación de nuevos públicos”, precisa.
El especialista de la U. del Pacífico agrega que los analistas del sector, basados en los estudios de audiencias y público a nivel mundial, vienen mostrando hace años que las brechas socioeconómicas y de niveles educativos son factores significativos para el consumo cultural. “No basta con el crecimiento económico para que la gente consuma, comprenda y valore la cultura, sino que se necesita que tenga experiencias culturales, que éstas sean relevantes, comprensibles, que los identifiquen y sean parte de su vida cotidiana”, acota.
Asimismo, afirma que los esfuerzos por crear un nuevo Ministerio separado de Educación no ayudarán a paliar las brechas culturales. “Las políticas estatales de cultura y educación por caminos separados, no tienen destino”, enfatiza.
Ideas presidenciales
Si bien los candidatos a la Presidencia han presentado algunas ideas respecto a cultura y patrimonio, Cristián Antoine dice aún es demasiado pronto para poder apreciarlas en propiedad. “Quizás las medidas más concretas y puntuales aparecen en la propuesta de Sebastián Piñera, quien ha anunciado su interés de crear un Museo de la Democracia y ampliar la legislación sobre donaciones para promover la filantropía ambiental”, analiza.
Siguiendo en el sector de Chile Vamos, sus contendores de primarias también han abordado el tema. De hecho, Felipe Kast dedica un apartado titulado ‘Cultura: la diversidad que nos reúne’. “Propone ‘un Plan de fomento a lectura, descentralizado, en conjunto al esfuerzo de fundaciones y corporaciones especializadas en materia lectora, para que todos los chilenos desde niños aprendan a comprender lo que leen’ y anuncia que, de ganar la magistratura, modificará la Ley de Monumentos Nacionales para que quien posea un inmueble patrimonial cuente con la posibilidad real de protegerlo y su propiedad no se transforme en un gravamen, e incentivará la participación privada en salvaguarda del patrimonio cultural, ampliando el Fondo del Patrimonio y Ley de Donaciones Culturales para materias patrimoniales y Ley de Monumentos Nacionales. En tanto, Manuel José Ossandón destaca el tema intercultural, anticipando su inclusión en una próxima reforma constitucional”, rescata Antoine.
En la vereda del Frente Amplio, también hay algunas ideas. “Mientras Beatriz Sánchez, en su Hoja de Ruta, alude a un Estado con carácter plurinacional, que reconozca el derecho a la autodeterminación de los pueblos indígenas en el marco de un país diverso e incluyente, Alberto Mayol tiene en su propuesta un apartado dedicado al arte, la lectura y el deporte, donde propone dividir el territorio en zonas distritales con políticas unitarias de fomento de estas prácticas”, comenta
El académico de la Universidad del Pacífico experto en políticas culturales, Cristian Antoine, comenta por último que los candidatos de la Nueva Mayoría, Alejandro Guillier y Carolina Goic, no han dado a conocer aún sus lineamientos programáticos

jueves, 2 de febrero de 2017

Ley de Mecenazgo: valioso instrumento para el desarrollo cultural.



Fuente
Santos, C. (2017). Ley de Mecenazgo: valioso instrumento para el desarrollo cultural.   Retrieved from http://www.debateplural.com/2017/02/02/ley-mecenazgo-valioso-instrumento-desarrollo-cultural/?_scpsug=crawled_84606_092a6a20-e957-11e6-9595-f01fafd7b417#_scpsug=crawled_84606_092a6a20-e957-11e6-9595-f01fafd7b417







En los últimos 20 años, nuestro país ha dado pasos importantes en materia de reforma cultural. Entre estos se destaca la creación del Ministerio de Cultura, mediante la Ley 41-00 de 28 de junio de 2000, así como la aprobación de otras leyes: la 502-08 sobre el Libro y Bibliotecas; la 82-13 de Fomento de la Industria Cinematográfica, la 481-08, sobre Archivos de la República Dominicana, y el paso más esperado: el reconocimiento de los derechos culturales en el artículo 64 de la Constitución de la República, promulgada el 10 de enero de 2010.
A esta lista de logros en materia cultural habría que agregar la Ley 1-12 sobre la Estrategia Nacional de Desarrollo de la República Dominicana 2010- 2030, que incluye los ejes del desarrollo cultural.
No obstante estas reformas, el sector cultural sigue adoleciendo de un presupuesto deficitario, el cual apenas llega al 0.33% del Presupuesto General de la Nación, cifra que dista mucho de las recomendadas por la UNESCO, que sugiere a los Estados que aporten no menos que el 1% del presupuesto de la nación para la acción cultural.
Ante la necesidad de buscar nuevas fuentes para financiar la cultura, se formula la Ley de Mecenazgo, a través de la cual se podrían dar apoyo a las iniciativas culturales del sector.
Esta legislación responde a las reformas que estaban pendientes en la propia ley de Cultura 41-00, que establece en su articulo 58, literal b), cito: “La Secretaría de Estado de Cultura, en consulta con los organismos pertinentes, hará los estudios necesarios para proponer una política integral de incentivos fiscales, de mecenazgo y de exoneración de impuestos en materia de cultura. Asimismo se investigarán nuevas fuentes de ingresos para el financiamiento de la cultura”. Había pasado el tiempo y este mandato de la Ley se había convertido en letra muerta.
De manera muy oportuna, en el año 2012, el diputado Manuel Jiménez, ex miembro del Consejo Presidencial de Cultura, retomó el mandato de la Ley 41-00, proponiendo la Ley de Mecenazgo que fue conocida en primera lectura por la Cámara de Diputados. Es importante reconocer el seguimiento, que desde el 2012, ha dado el Ministerio de Cultura a la aprobación de tan importante pieza legislativa.
La ley de Mecenazgo tiene por objeto definir “…un régimen de fomento e incentivo a las iniciativas y aportes económicos y de otra índole de mecenazgo del sector privado, sea de personas físicas o jurídicas, nacionales o extranjeras, para que contribuyan al financiamiento, total o parcialmente, de programas y proyectos para el desarrollo cultural de la nación que beneficien a entidades públicas y privadas de la República Dominicana”.
Son múltiples los alcances que tiene esta ley para los diversos sectores y subsectores de la cultura, ya que apoyará e impulsará la creación artística y artesanal, la investigación cultural, al tiempo que fomentará las donaciones económicas para actividades de la cultura sin fines de lucro, así como para promover la preservación, restauración y puesta en valor de bienes inmuebles y muebles, pertenecientes al patrimonio cultural de la nación. También estimulará el fomento y la formación de capacidades técnicas para las academias y centros de formación en el sector artístico y cultural, y contribuirá al desarrollo de actividades ligadas a la productividad de la economía creativa.
Asimismo, la Ley de Mecenazgo Cultural de la República Dominicana establecerá incentivos fiscales para las personas físicas o jurídicas que sean benefactoras, donantes y patrocinadoras de proyectos y propuestas declarados de interés cultural por el Consejo de Mecenazgo, pudiendo obtener un deducible de hasta un cinco por ciento (5%) del impuesto sobre los ingresos brutos al final de cada año fiscal, de tal manera que redunde en favor de los artistas, investigadores, gestores culturales en todos los géneros de la expresión artística y cultural; y para el fomento de la producción cultural, como establece el anteproyecto de Ley en su artículo 18.
También la Ley de Mecenazgo contempla la creación del Fondo Solidario de Apoyo a la Cultura, con recursos provenientes de los aportes financieros y donaciones voluntarias realizadas por los benefactores y donantes públicos y privados, que contribuyan con recursos nacionales o internacionales para esos fines.
Con este importante instrumento jurídico se podrá valorizar, incentivar y fortalecer mucho más el desarrollo cultural e integral del pueblo dominicano y tener una herramienta que establece claramente el marco institucional y jurídico, que avanza significativamente en el marco de las normas existentes relativas a los incentivos para los aportes privados a la cultura.
Si bien es cierto que en la actualidad la Ley 11-92 (Código Tributario) ofrece igual incentivo fiscal que la que propone la Ley de Mecenazgo, ésta última permite organizar al sector de la cultura para que pueda beneficiarse más eficientemente, al tiempo de poner a los proyectos e iniciativas financiados en contexto con el interés cultural de la nación.
Por eso, dicha Ley contempla una Dirección General de Mecenazgo como organismo técnico que se encargará de coordinar, supervisar y evaluar los proyectos que serán financiados con el Fondo Solidario de Apoyo a la Cultura, y su órgano rector, el Consejo Nacional de Mecenazgo, que tendrá por misión establecer las políticas públicas para el incentivo del mecenazgo cultural entre otras atribuciones.
Finalmente, con esta nueva reforma las empresas nacionales y extranjeras que operan en el país, podrán ejercer políticas de responsabilidad social empresarial, contribuyendo con el desarrollo del talento de nuestros artistas y creadores, y en beneficio del bienestar de la sociedad dominicana.
La semana próxima la Cámara de Diputados pondrá nuevamente en agenda tan importante anteproyecto de ley, a los fines de aprobación en segunda lectura. El país cultural, que es todo, espera que el compromiso asumido por el Congreso Nacional y manifestado ya en esta primera aprobación se haga una realidad cuando el presidente de la República reciba la ley y la promulgue y publique para su validez y eficacia, tan necesarias.

miércoles, 25 de enero de 2017

RELACIÓN DE INVESTIGACIONES SOBRE LOS EFECTOS DEL CONSUMO Y LA PARTICIPACIÓN EN ACTIVIDADES ARTÍSTICAS Y CULTURALES. NOTAS PARA UN ESTADO DEL ARTE SOBRE EL TEMA “CULTURA, CALIDAD DE VIDA y SALUD”.





Introducción
Podría parecer redundante una reflexión sobre la contribución de la cultura a la calidad de vida. Ello porque a todas luces parece bastante evidente –y por lo mismo no requeriría de mayor comprobación, los beneficios colectivos que trae a la comunidad el poder acceder al disfrute y goce de  los bienes productos del desarrollo del talento humano. Es innegable, se sostiene, que la cultura y las artes por extensión generan un tipo de bien social valorado colectivamente y que se aprecia como deseable de alcanzar en el entendimiento de una sociedad preocupada por el desarrollo humano y el progreso social. De allí deviene su consideración como un derecho humano esencial y la justificación que los estados encuentran para el mantenimiento, con cargo a los impuestos generales, de museos, bibliotecas, archivos, centros culturales, compañías de teatro, orquestas, estudios de cine, editoriales y todas las demás variaciones que podrían encontrase en la categoría de organizaciones productoras de bienes y servicios culturales[1]. Y si la cultura es así de “buena”, es comprensible –y natural-  dicen, que el Estado destine ingentes cantidades de dinero de los contribuyentes al sostenimiento de “ministerios”, “consejos”, “departamentos” y “reparticiones” públicas que la atienda.
Es la tesis del “buenismo cultural”, una  forma de “pensamiento único” en el ámbito de la administración y gestión de las políticas culturales que impone como justificación al gasto público en cultura, la consideración de que toda inversión en actividades artísticas y culturales es “buena” per se y que contribuye positivamente a la calidad de vida personal y social.  A este tipo de ideas-fuerza hay que introducir una sana dosis de escepticismo científico, un principio elemental del ‘método científico’, que obliga a considerar a cualquier enunciado como abierto a la duda y al análisis. Según la Real Academia Española, una de las acepciones de ‘escepticismo’ es: “Desconfianza o duda de la verdad o eficacia de algo”. Ver para creer.
¿Qué antecedentes existen que aporten argumentos y experiencias concretas sobre cómo y de qué manera el acceso a la cultura (y las artes) contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas y las comunidades?  Me ha interesado especialmente registrar ejemplos, aquello que resulta tan axiomático para el entendimiento del decisor de las políticas públicas en general. Asumiendo el desafío que implica una reflexión “con papeles en mano” sobre las múltiples variables imbricadas en la idea de que “la cultura es buena para la calidad de vida de las personas y de la sociedad”.
Específicamente, he intentado recopilar como ejemplos un conjunto de investigaciones relativamente recientes sobre los beneficios que trae para la salud física y psicológica de las personas la participación en actividades artísticas y culturales (Antoine, 2005). La cuestión que me ha interesado responder es ¿sí existen argumentos avalados con experiencias científicas que muestren un impacto positivo en la calidad de vida personal e individual a aquellas personas y comunidades que participen en actividades artísticas y culturales en sentido amplio? Y, si existen, ¿cuáles han sido las aproximaciones metodológicas con que se han comprobado?
Por cierto, la recopilación de ejemplos que se ha hecho se trata de una selección bastante arbitraria, misma que depende en buena medida de las fuentes a las que hemos tenido acceso y que no pretende en caso alguno ser una lista exhaustiva del material disponible. Mi interés no ha sido otro que encontrar argumentos que ayuden al promotor de actividades culturales a justificar mejor frente a los agentes decisores la necesidad de disponer de recursos para el sector, más allá de la sonsa argumentación de que la “cultura lo vale”.
El trabajo parte haciéndose cargo brevemente en las secciones I y II  que tanto la “calidad de vida” como la “cultura” son conceptos con múltiples significados, difíciles de “medir” con indicadores y que, por lo mismo, suelen quedar al arbitrio de asumir una postura u otra, precisamente poniendo en evidencia la falta de consenso. En la III sección me ha interesado especialmente destacar, a través de una revisión bibliográfica, las cuestiones metodológicas implicadas en los estudios sobre cultura, salud y calidad de vida, por ello me detengo con algún detalle en revisar los conceptos centrales en discusión, haciendo mención breve de las principales metodologías que se ocupan en estos estudios e investigaciones sobre consumo y participación en actividades culturales y artísticas que estarían probando su contribución al  bienestar individual y social de las personas que acceden a estos contenidos y prácticas.



Primera cuestión implicada: La Calidad de Vida es un concepto polisémico difícil de medir.
No me haré cargo aquí de una detallada exégesis del concepto de Calidad de Vida, pues de modo más completo y oportuno ya lo ha hecho en esta misma plataforma mi colega, la doctora Karina Gatica[2]
 Como ella ha apuntado, la calidad de vida es un fenómeno que hoy se concibe como valor posmaterial[3], producto de la superación de las necesidades básicas de las personas y el tránsito a una sociedad que cada vez más anhela la satisfacción de necesidades tendientes a la estimación, valoración social y en definitiva tal como lo plantea A. Maslow (1972) a la autorrealización humana. “Este fenómeno social, encuentra arraigo en las sociedades modernas, pero sin duda, ha encontrado su mayor asidero en las sociedades denominadas posmodernas. En estas últimas -sociedades altamente complejas- el concepto calidad de vida, además de aferrarse al imaginario colectivo y usarse frecuentemente en conversaciones cotidianas,  se manifiesta como un bien deseado, la condición que la mayoría de los ciudadanos quisiera ser depositario. Incluso el concepto es utilizado como sinónimo de bienestar y felicidad”.
Gatica reflexiona que en la actualidad los enfoques que existen para el estudio de la calidad de vida, en ocasiones, tienden a la confusión semántica de los términos. Reconociendo de paso que a pesar del rasgo multidimensional del fenómeno, aspecto compartido por los especialistas en el tema, no existe consenso respecto de cuáles serían las dimensiones, o también denominados dominios, que conformarían su multidimensionalidad (Alvarez-Moro, 2013).

Un ejemplo de esta confusión es la que existe respecto a la elaboración y el uso de indicadores sociales, sobre los cuales existe gran controversia (Cecchini, 2005; Gómez & Sabeh, 2001; Setién, 1993). Muchos plantean que la construcción de indicadores subjetivos es inestable, aludiendo principalmente a que las opiniones de las personas van cambiando y además son puntos de vistas personales, lo que impide la comparación entre poblaciones considerando las diferencias en las percepciones de los sujetos frente a una misma situación.
II. Segunda cuestión implicada: La Cultura también es un concepto polisémico, y también es difícil de “medir”.
Uno de los activos más importantes que posee una sociedad es su Cultura (Arevalo, 2008; Azmitia, 2004; Chaves & Centro Ak'Kutan (Guatemala), 1999). El aumento del tiempo de ocio y  del poder adquisitivo de cada miembro de la sociedad ha incrementado la actividad de empresas e instituciones, tanto privadas como públicas dedicadas a las industrias de la creatividad y el conocimiento (Bergero, 2006; Cid Fernández & Dapía Conde, 1999).

La ambigüedad del concepto es notable. Algunos consideran que la cultura es un comportamiento social. Para otros es una abstracción. Para algunos, las hachas de piedra y la alfarería, el baile y la música, la moda y el estilo constituyen la cultura; mientras para otros ningún objeto material puede ser cultura…

El término cultura empezó en un principio por designar un proceso: la cultura (cultivo) de granos y, por extensión, la cultura (cultivo) de la mente humana. A finales del siglo XVIII, cultura designa una configuración del espíritu que conformaba “el modo de vida” de un pueblo. Herder (1784-1791) utilizó por primera vez el significado plural “culturas”, para distinguirlo claramente de cualquier sentido singular o unilineal de “civilización”(Gómez Gómez, 2003; Herrera Gómez, 2005; Lasuén Sancho, 2004).

Un aporte fundamental provino de la Declaración de México sobre Políticas Culturales, de agosto de 1982, (MUNDIACULT), donde se definió la cultura como "el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan una sociedad o grupo social. Ella engloba además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y creencias”(UNESCO, 1982). En la actualidad se entiende a la cultura como un estado desarrollado de la mente, como en el caso de “una persona con cultura”. También a los procesos de este desarrollo, como es el caso de “intereses culturales” y “actividades culturales” y los medios de este proceso, como “las artes” y “las obras intelectuales” (Schwanitz, 2007).

El problema de los indicadores culturales es tan agudo como el de la conceptualización del vocablo (Böhm, 2009; Bonet, 2005). Pretender “medir” manifestaciones tan diversas como leer, escuchar, sentir, pintar o mirar, o las diferencias entre hacerlo como consumidor, participante activo, intérprete amateur o profesional, no es nada fácil(Escudero Méndez, 2008; Gilhespy, 1999). Lluis Bonet (2004) ha señalado que existen múltiples aproximaciones metodológicas y analíticas posibles, desde la antropológica a la estética, pasando por la sociológica, la politológica o la económica. Todas ellas enriquecen el conocimiento del sector, pero su peso no es homogéneo en el momento el enfoque e hipótesis del trabajo estadístico convencional (Bonet i Agustí, 2004).

Los vocablos varían de un país a otro, en especial cuando las distintas colectividades no comparten valores, contextos o cosmovisiones(Gonzalo, 2015; López G. & Poblete; Oliveira Ribeiro, 2007). La realidad cultural que pretenden describir los distintos sistemas estadísticos no es algo estático, sino dinámico en función de la relación de fuerzas entre los distintos agentes que intervienen en un sector(Ruiz, 2014; Schuster, 1997). Los indicadores no son algo neutro o ajeno a dicho proceso evolutivo, sino que su capacidad de espejo y diagnóstico hacen de ellas un instrumento más de las políticas de transformación. Así, los datos que se recogen, vía encuesta o registro, dependen en buena manera del modelo o modelos interpretativos al uso (Taber, 2005).

En función de cada uno de ellos, y de las variables consideradas como básicas, se diseñarán y elaboraran indicadores distintos. El diagnóstico resultante será utilizado para plantear aquellos objetivos estratégicos que cada uno de los actores en liza considere conveniente para construir la realidad cultural alternativa por la que luchan (un sector cultural más participativo y democrático; un mercado audiovisual bajo el dominio del cine estadounidense; una industria cultural autóctona potente; una actividad que genera efectos benéficos, etc.).

Todas estas razones obligan a matizar con especial cuidado los que se presentan como resultados de “mediciones” de la realidad cultural, su consumo por parte de los ciudadanos y su impacto sobre el colectivo.  





Tercera cuestión implicada: Hay una creciente aceptación de la idea de que la participación en las artes y la cultura puede ser beneficioso para el bienestar y la salud de las personas (Clift, 2012).

Lo decía recientemente Miguel Zugaza, actual director del Museo El Prado de Madrid: “Es un buen remedio venir a un museo para limpiar la mirada de la contaminación visual. Como un medicamento, la experiencia que viven los ciudadanos en los museos, en las instituciones culturales, tiene algo que ver con la sanidad. Muchas veces veo el Prado como un gran hospital para el espíritu, donde recuperarte anímicamente de la realidad cruda y difícil”(Cruz, 2015).

La Organización Mundial de la Salud define “efectos beneficiosos para la salud” como un estado completo de bienestar físico, mental y social, más allá de la mera ausencia de enfermedad. Y según los últimos estudios, la asistencia a espectáculos y la participación en actividades culturales sería clave a la hora de conseguir una “mens sana in corpore sano”.

En efecto, durante más de treinta años se han desarrollado investigaciones orientadas al desarrollo de proyectos culturales y artísticos para apoyar la atención de la salud y promover la salud y el bienestar de las comunidades. Un creciente cuerpo de evidencia  se ha acumulado a partir de la evaluación y la investigación sobre este tipo de iniciativas. Sin embargo, el campo de las artes, el consumo cultural y la participación en actividades culturales es complejo y presenta múltiples facetas y desafíos, especialmente cuando se procura desarrollar una investigación que ayude a la construcción de un cuerpo progresivo de conocimientos que pueden servir de base para el futuro, “basado en la evidencia”.

Este artículo revisa los resultados de algunos estudios epidemiológicos sobre la participación cultural y la salud, y sobre del efecto benéfico de iniciativas que se basan en las artes creativas y el acceso al patrimonio en entornos y comunidades que requieren de cuidado de la salud para apoyar su bienestar.

Nos ha parecido de justicia rescatar el valor de estudios de casos concretos, la utilidad de la investigación cualitativa y los testimonios de los participantes y profesionales por igual para evaluar tanto el valor del trabajo artístico y creativo para la comprensión de sus impactos. Sin embargo, pensamos que es necesaria la realización de estudios controlados robustos con resultados precisos de salud, medibles a todo evento, para ser capaces de sostener la toma decisiones de políticas públicas, si vamos a avanzar hacia la ampliación de las intervenciones artísticas para lograr impactos a nivel de salud pública

Por ejemplo, la contribución de los museos (incluyendo galerías) para el bienestar está ahora ampliamente reconocido por el sector de los museos en Gran Bretaña, e incluye a la totalidad de las instituciones asociadas a la Asociación de Museos del Reino Unido desde el 2014.   La visión que se proyecta para mejorar el impacto social de museos (Chatterjee & Noble, 2013), ha sido vincularlos a través de programas de salud pública. Se trata de un campo creciente de investigación que se ha desarrollado para entender y medir los beneficios que tienen las actividades que realizan las personas en los museos para su salud individual y social y el bienestar general. Los hallazgos se basan en una tradición más larga de las artes en la investigación en salud, e incluyen pruebas que estarían mostrando cómo la participación activa en actividades como hacer música, la escritura creativa y disfrutar del arte pueden tener un impacto medible en el bienestar físico y mental de la población.

Si del filósofo suizo-británico Alain de Botton dependiera, las visitas a los museos tendrían que prescribirse como un elixir por su poder sanador (Ferrer, 2014). Está seguro de que El arte es terapia, y así ha titulado su primera incursión en el mundo de los conservadores a instancias del Rijksmuseum, de Ámsterdam. Para que su fórmula haga efecto, hay que mirar lienzos y objetos guiados por una simple pregunta: ¿Qué puede hacer el arte por mí? Él cree que sirve de guía para soportar los grandes retos humanos, del amor a la muerte, y propone un original recorrido por 150 obras, entre la Edad media y el siglo XX, que forman una auténtica escuela de la vida.

Mientras el estudio “Healthy Attendance”, realizado en Escocia y publicado el 2013 presentó como principal hallazgo que “Hay evidencia consistente que las personas que participan en cultura y deportes o que asisten a lugares o eventos culturales tienen más probabilidades de reportar que su salud es buena y que están satisfechos/as con sus vidas que aquellas personas que no participan” (Leadbetter & O'Connor, 2013) .

Otra conclusión del mismo estudio sostiene  que hay una relación entre asistir a
lugares culturales específicos y una alta satisfacción de vida. Por ejemplo, quienes visitan museos tienen un 37% más de probabilidades de declarar una alta satisfacción con la propia vida que quienes no lo hacen.  Quienes visitan sitios históricos o arqueológicos tienen 52% de probabilidades de declarar una alta satisfacción con la propia vida que quienes no lo hacen[4].

Los niños/as que visitan museos, centros históricos, galerías de arte y similares tienen mejor desempeño en Lectura, Matemáticas y Ciencias, sostiene un estudio Realizado por Koenraad Cuypers, investigador en salud pública de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Noruega(Cuypers, Knudtsen, Sandrogen, Krokstad, & Et.al, 2011).

Estudios complementarios han sostenido que la participación en actividades culturales receptivas y creativas está significativamente asociada con la buena salud, buena satisfacción con la vida, baja ansiedad y bajos niveles de depresión en ambos géneros (Cuypers, Krokstad, et al., 2011). Para los hombres, la asistencia a actividades culturales receptivas, más que creativas, se mostró fuertemente asociada a todos los resultados relacionados con la salud. Gómez (2014) considera que los trabajos realizados en la universidad escandinava mencionada, avalan las hipótesis planteadas sobre el efecto de las actividades culturales en la promoción y cuidado de la salud. Aun así, se necesitan nuevos estudios para establecer una relación causa-efecto más confiable.

Mientras el estudio “Museum and Happiness: The value of participating in museums and the arts”, realizado por el economista Daniel Fujiwara, investigador del  “London School of Economics en el 2013, descubrió que visitar museos tiene un impacto positivo en la felicidad y la salud autodeclarada (luego de controlar un amplio rango de factores que podían interferir en esta relación) (Fujiwara, 2013).  

Complementariamente, H. Chatterjee y G. Noble, en  el libro Museums, Health and Well-Being (2013), proponen que los museos proveen experiencias sociales positivas, conducentes a un menor aislamiento social;  generarn nuevas oportunidades para aprender y adquirir nuevas habilidades; ofrecen experiencias relajantes, que llevan a una menor ansiedad; despiertan emociones positivas, tales como optimismo, esperanza y disfrute; estimulan mejoras en la autoestima y sentido de identidad y comunidad; generan mayores oportunidades para la construcción de sentido; ofrecen distracciones positivas de entornos clínicos; aportan nuevas experiencias que pueden ser novedosas, inspiradoras y con sentido y contribuyen a una mejor comunicación entre las familias, las personas al cuidado de enfermos y los profesionales de la salud (Chatterjee & Noble, 2013).
Otros estudios sociales y económicos hechos por estos y otros autores estarían aportando al conocimiento de los diferentes impactos positivos (sociales, económicos y otros) de los museos y sus actividades en las comunidades (Chatterjee, Vreeland, & Noble, 2009; Noble & Knott, 1990).  Así por ejemplo, los estudios Economic impact of Museums, realizado por la Universidad de Vaasa, Finlandia, 2014 y, Values and benefits of heritage: a research review,  efectuado por Heritage Lottery Fund, Reino Unido, 2013, están aportando datos sobre la conveniencia de invertir más en los museos  en vez de aumentar el gasto público en salud.

Ello porque visitar museos frecuentemente mejora el bienestar de las personas. Aquí  presentamos resumidas algunas de las razones (Redacción, 2014b).
1. Los museos reducen la ansiedad. Un estudio de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología demostró que la apreciación del arte y la cultura puede reducir el riesgo de ansiedad y depresión.
2. Los museos reducen el estrés. Estas instituciones educativas “proveen un ambiente regenerador donde las personas pueden relajarse y descansar”, de acuerdo con un reporte elaborado por la Academia Californiana de Ciencias.
3. Los museos tienen el mismo efecto en el bienestar que un aumento salarial. Visitar un museo frecuentemente mejora el bienestar en el mismo grado que ganar 5,000 dólares extra al año, según un estudio de la Escuela de Economía de Londres.
4. Los museos tienen el mismo impacto en el bienestar que jugar un deporte, de acuerdo con el mismo estudio.
5. Los museos hacen que las personas se sientan menos solas. La Universidad Colegio de Londres encontró que los museos son especialmente efectivos entre las personas más marginadas y aisladas, como los ancianos y los desempleados. También sirven como centros comunitarios para reuniones como clases de bajo costo, muestras de arte comunitarias y otras formas de educación artística.
6. Los museos son buenos para la economía. Asistir a museos contribuye a la economía de los pequeños negocios de los alrededores.


            No solo los museos tienen efectos “terapeúticos” sobre la salud de las personas. El teatro es una buena manera de entretenerse, un plan perfecto para una primera cita, nos sirve para defender o criticar aquello que pasa en la sociedad, y lo utilizamos como vía de escape frente a los agobios diarios. ¿Pero sabíais que se ha demostrado científicamente que el teatro tiene efectos beneficiosos para la salud?


            La risa es un buen ejercicio y reduce el dolor. Es bien sabido que utilizamos más de 400 músculos cuando nos reímos, abdominales incluidos (Redacción, 2014a). Según algunos estudios, reírse durante 20 segundos tiene el mismo efecto sobre la salud que hacer tres minutos seguidos de un ejercicio aeróbico (como correr o montar en bicicleta) (Holden, 1999; Ripoll & Rodera, 2008). Así que si se prefiere una obra de teatro cómica se pueden ahorrar horas en el gimnasio, y también en la consulta del médico.

Asimismo, Robert McGrath, psicólogo clínico en la Universidad de Wisconsin-Madison, asegura que la risa y el humor reducen los niveles de estrés: reírnos implica la acción de la adrenalina y también de la dopamina, una sustancia asociada con el sistema de placer del cerebro, y que también está presente en otras actividades agradables como la alimentación o el sexo[5].

  También las obras dramáticas en el teatro pueden contribuir a aliviar las angustias y tensiones. Solemos asociar el llanto a sensaciones negativas, y con razón: normalmente son las malas noticias las que nos hacen llorar, y esto hace que aumente el ritmo cardíaco, que sudemos y que tengamos sensación de ahogo. Sin embargo, los estudios de laboratorio realizados para el ensayo Cry Me A River: The Psychology Of Crying, publicado en Science Daily, demostraron que los efectos calmantes del llanto (los que experimentamos cuando ya ha pasado la angustia inicial) duran más a nivel corporal que los focos de estrés[6].

Los estudios de Helga y Tony Noice, del Elmhurst College en el 2009 demostraron que el teatro puede mejorar la memoria de una manera más efectiva que otras técnicas, vitaminas incluidas (Noice, Noice, & FKramer, 2013). Los investigadores realizaron un estudio donde 122 personas de edad avanzada tuvieron un primer contacto con el teatro durante ocho sesiones, que se desarrollaron a lo largo de cuatro semanas. Aprovecharon además el estudio para comparar el teatro con diferentes prácticas mnemotécnicas. Los investigadores pudieron comprobar una mejoría en todas las habilidades cognitivo-afectivas de los participantes: había mejorado su actitud al hablar, eran capaces de encontrar las palabras para expresar sus sentimientos con mayor facilidad, y su memoria había mejorado de forma evidente, y con mayor efectividad que otras técnicas comunes, como los regímenes vitamínicos.




Un estudio británico evidenció en 2003 que participar en actividades artísticas (ya sea como espectador o como creador) mejoraba el ánimo y tenía sorprendentes impactos positivos en diversos parámetros psicológicos. Sus conclusiones sirvieron de base a los autores de un ensayo publicado en la revista Psychological Science, quienes estudiaron la relación entre las emociones positivas y el tono vagal (un índice que mide la actividad del nervio vago, y que está relacionado con la frecuencia cardíaca y la energía que tenemos en cada momento). Este estudio sugiere que las emociones positivas y la salud puramente física se influyen mutuamente, creando una espiral creciente de optimismo y bienestar físico.

Más aún, existen estudios que señalan una relación directa entre el arte (como medio para experimentar emociones positivas) y sus beneficios a largo plazo: previene los resfriados (según un estudio del Dr. Cohen y su equipo, en 2006), reduce la inflamación (según Steptoe, O’Donnell, Badrick, Kumari & Marmot, 2007) y protege contra las enfermedades cardiovasculares (Boehm & Kubzansky, 2012).

            En todo caso, los psicólogos de la Norwegian University of Science and Technology (NTNU) en su estudio, publicado en el 2011 en Journal of Epidemiology & Community Health, demostraron que asistir a espectáculos teatrales o galerías de arte tiene efectos no solo sobre la buena salud, sino que afecta también a lo felices que nos sentimos. Los investigadores descubrieron que aquellos que participaban con mayor frecuencia en actividades culturales, tenían una mayor felicidad y mejor calidad de vida.

Por si fuera poco, los efectos parecen ser directamente proporcionales a la cantidad de veces que podamos asistir a un evento cultural. Según la NTNU, el 91% de aquellos que habían participado en cinco o más actividades culturales a lo largo de los seis meses que duró su estudio, dijo sentirse muy satisfecho con su vida. Entre aquellos que habían asistido a tan solo una cita cultural, el porcentaje se reducía a un 84 por ciento.

Una investigación llevada a cabo en la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología ha demostrado recientemente, que aquellos adultos que regularmente leen, visitan museos, van al teatro y que, en general, dedican parte de su tiempo al consumo de cultura, son más felices, gozan de mejor salud mental y tienen menor riesgo de sufrir depresión que aquellos que no lo hacen. A juicio de los expertos, participar en actividades culturales repercute positivamente en la salud mental y disminuye el riesgo de sufrir depresión.
Para llevar a cabo esta investigación se utilizaron los datos del estudio de la salud de la provincia noruega de Nord-Trøndelag. Este estudio, realizado entre 2006 y 2008 y en el que participaron 50797 adultos, se basó en cuestionarios a través de los cuales se pudo reflejar la frecuencia con la que estos adultos participaban en actividades culturales, así como su salud mental y sus hábitos de vida, incluyendo la actividad física. Asimismo, se incluyó un análisis médico de los individuos para registrar sus estados de salud, su satisfacción con la vida y sus niveles de ansiedad y depresión (Cruz Evora, 2016).

Los resultados fueron publicados en Journal of Epidemiology and Community Health, demostraron la existencia de una relación positiva entre la cantidad de cultura que se consume y los estados de salud mental y emocional de los consumidores. Lo que se traduce en mayores beneficios para la salud mental y emocional y mayores índices de bienestar a mayor consumo de cultura, entendiéndose como consumo la participación regular en actividades culturales (Cuypers, Krokstad, Lingaas Holmen, & et.al., 2012).

A mayor participación cultural, mayores serán los beneficios de esta práctica sobre la salud mental y emocional y menor será el riesgo de sufrir depresión.

Conclusiones

Aunque la importancia de las artes y la cultura en la calidad de vida se reconoce cada vez más, se necesita más investigación para investigar los mecanismos por los que las artes y programas de salud logran su impacto (Moss, Donnellan, & O'Neill, 2012).

Hemos revisado la literatura para hacernos una idea de los métodos utilizados para explorar las percepciones sobre el papel de las artes en la asistencia sanitaria. Nos ha interesado identificar las metodologías más comunes que se utilizan, mismas que podrían servir a otros investigadores para embarcarse en la pesquisa relativa a los efectos terapéuticos de las actividades culturales sobre personas y, la percepción de las artes en la asistencia sanitaria.
Los resultados indican que existe una escasez de estudios cualitativos adaptados a la realidad local, hacen falta además una mayor variedad de métodos  y algunas consideraciones sobre  la variabilidad de rigor metodológico. Los trabajos de campo y la fenomenología parecen ser los enfoques más comunes adoptados, también son frecuentes los métodos mixtos y las versiones de análisis de 'contenido'.
En los estudios reseñados las entrevistas semiestructuradas fueron el método más popular de recogida de datos. El énfasis de todos los estudios fue en el compromiso activo con las artes participativas, sin énfasis en la participación receptiva del arte y la experiencia estética. Este es un aspecto que hay que considerar cuidadosamente en la selección de la metodología más adecuada cuando la investigación ocurre en un campo tan exploratorio y sensible como los hábitos e intereses culturales de las personas.
Las entrevistas individuales también son frecuentes y podrían ser apropiadas al explorar, experiencias personales sensibles. Los estudios posiblemente proporcionan un enfoque global que podría satisfacer tanto las artes y algunas necesidades de los establecimientos de salud, pero se necesitan más pruebas.




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[1] El Art.27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU (10/12/48) estableció que  “Toda persona tiene derecho a formar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resultan; Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le corresponden por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora”.  El derecho a la cultura, incluido en la Declaración de 1948 ha sido uno de los elementos claves en la aparición de las políticas culturales. Este derecho a la cultura aparece recogido en la mayoría de los textos constitucionales de los países occidentales.  Chile no es la excepciócn, toda vez que históricamente el Estado chileno ha asumido una actitud activa, promueve y fomenta el arte y la cultura. Este compromiso aparece reflejado en el art.19, n°10 de la CPCh: “Corresponderá al Estado, asimismo, fomentar el desarrollo de la educación en todos sus niveles; estimular la investigación científica y tecnológica, la creación artística y la protección e incremento del patrimonio cultural de la Nación”. Una ampliación de esta idea puede consultarse en mi trabajo Antoine Faúndez, C. (2015). Más allá de la acción cultural del Estado. Apuntes para una evolución de las Políticas Culturales en Chile. Revista Atenea (511), 147 - 174.
[2] Cfr Gatica, Karina. (2014) Documento de Trabajo n° 1, Cátedra Calidad de Vida. Universidad del Pacífico. 
[3] Para profundizar ver Inglehart R. “Modernización y Posmodernizacióm. El cambio cultural, económico y político en 43 ciudades”. (1998) Madrid. CIS. Siglo XXI y Inglehart R. y Welzel C. “Modernización, cambio cultural y democracia: la secuencia del desarrollo humano”. (2006).Madrid. CIS. Siglo XXI.
[4] Citado por Gómez, C. (2014, 24 de abril de 2014). ¿Son los museos (del Estado) una carga o una oportunidad? 3er Congreso Nacional de Barrios y Zonas Patrimoniales., Casa de la Ciudadanía Montecarmelo, Santiago de Chile.
[5] Cfr.  Federation of American Societies for Experimental Biology, news release, April 27, 2014