Quimantú y el sueño de la UP: La Editorial Idelógica de Allende









Por Cindy González






  • En febrero de 1971, la entonces editorial Zig-Zag fue adquirida por el Estado tras un conflicto con sus trabajadores. Fue el prólogo de una empresa ideada como herramienta para remover conciencias y llevar a Chile al sueño socialista del Gobierno de la Unidad Popular.




    Este país tenía una cultura política maravillosa. Era el más adelantado de América Latina en ese sentido. Y en ese ambiente quise hacer el fenómeno del libro”, recuerda Joaquín Gutiérrez, el director costarricense de la extinguida Editorial Quimantú. La efervescencia social que vivía Chile en ese entonces, tras la victoria electoral del médico Salvador Allende, atrajo a intelectuales de muchos países y puso al país en el ojo mundial por ser el único capaz de llevar adelante la vía popular al socialismo.
    Eran tiempos de duras batallas ideológicas y el nuevo gobierno, influenciado por corrientes marxistas y del humanismo socialista, concibió al hombre nuevo como el gestor de los cambios necesarios para construir una nueva sociedad, opuesta a los principios que eran considerados “burgueses” por las nuevas autoridades. En este contexto, el Programa de Gobierno de la UP expresaba que “las profundas transformaciones que se emprenderán requieren de un pueblo socialmente consciente y solidario, educado para ejercer y defender su poder político, apto científica y técnicamente para desarrollar la economía de transición al socialismo y abierto masivamente a la creación y goce de las más variadas manifestaciones del arte y del intelecto”.
    De esta manera se plantea que la cultura debiera cumplir los fines del gobierno socialista, por lo que la cultura sería en adelante un instrumento para reproducir mensajes y visiones del mundo derivadas del proyecto político en marcha. Por otra parte, se pretendía hacer partícipes a los sectores antes excluidos y permitir que las grandes obras fueran accesibles al mundo popular.

    “El sol de la sabiduría”
    Coincidentemente, hacia diciembre de 1970, la más importante casa editorial de la época, Zig-Zag, enfrentó un paro de sus trabajadores que pedían que la compañía fuera integrada al área social de empresas del Estado. De esta forma, la editorial fue absorbida por el aparato estatal como muchas otras empresas de distintas áreas.
    La nueva editorial no tiene en un principio una línea clara de trabajo y edita una serie de libros como “Antología de Poli Délano” y “Violeta Parra cuenta su vida” de Enrique Lihn. Sin embargo, pronto es denominada “Quimantú para Todos”, nombre que en mapudungún significa “El sol de la sabiduría”.
    Bajo la dirección de Joaquín Gutiérrez, un intelectual costarricense que tenía experiencia como reportero y escritor, Quimantú se plantea dos desafíos. El primero es poner el libro al alcance de todo el pueblo chileno, mediante una política de producción, distribución y tiraje que abaratara costos de producción y venta. El segundo propósito fue que la editorial jugara un papel fundamental en la masificación de información ideológica, social, económica y cultural, ampliando el alcance de sus libros a distintos sectores sociales y privilegiando la refundación de una nueva identidad.
    En opinión de Guillermo Sunkel, este modelo se caracteriza porque “el Estado deja de ser percibido como un agente que representa una síntesis de las diferencias existentes en la sociedad, en ese contexto serán más bien los partidos políticos los que emergen como los agentes principales capaces de incidir en el curso de la historia”.
    Pronto la editorial lanza una serie de publicaciones como “Nosotros los chilenos”, “Cordillera”, “Cuadernos de Educación Popular”, “Camino Abierto” y “Clásicos del Pensamiento Social”. Además de revistas como “Cabrochico”, “Onda”, “Paloma”, “La Quinta Rueda”, “La Firme”, “Mayoría”, “Estadio” e “Historietas Q”, destinadas a distintos tipos de público, pero siempre con una clara orientación ideológica.
    Con tirajes de 50.000 ejemplares, Quimantú alcanzó con sus colecciones los distintos y más remotos lugares de Chile. “La gente andaba con sus libritos en la mano para leer en los buses. Era muy lindo el cariño que se despertó en los trabajadores por la cultura”, recuerda Gutiérrez.
    En general, lo que se buscaba con todo el aparato ideológico que se originaba por esos días, era remover las conciencias y crear una nueva identidad revolucionaria para reconstruir el ordenamiento cultural desde la base de las clases populares. Esto se expresaba en el programa de gobierno de Allende: “el nuevo Estado procurará la incorporación de las masas a la actividad intelectual y artística, tanto a través de un sistema educacional radicalmente transformado, como a través del establecimiento de un sistema nacional de cultura popular”. El ex director de la Editorial, Joaquín Guitiérrez, dice que por esa época los trabajadores se sentían responsables del futuro, del sueño, de la historia y estaban abiertos al saber.
    Los planes de Quimantú se cumplieron con rapidez, aunque de muy baja calidad, los libros de la editorial se encontraban en la mayoría de los kioscos del país hacia 1972, hecho que no tiene precedentes en la historia editorial chilena.

    “La Firme”
    Así como la editorial reproducía libros y novelas de escritores afines a su pensamiento, también desarrolló revistas de corte político. Es el caso de La Firme” que se publicó entre abril de 1971 y mayo de 1973 bajo el Departamento de Publicaciones Infantiles y Educativas de la Editorial. Fueron 61 números que se distribuyeron a lo largo de todo el país. Las historias de “La Firme” son contingentes, de la vida diaria, sobre diferentes actividades económicas, mostrando la visión del gobierno a través de caricaturas como “Venancio Papeleo” y “Pedro Urdemales”.
    Así como hay publicaciones que pretenden educar a los adultos, hay revistas como “Cabrochico” y “El Supercauro”, que tenían los mismos fines y contenidos, pero dirigidos a niños.
    Tras el golpe de Estado de 1973, Quimantú fue cerrada por las nuevas autoridades y sus dependencias fueron intervenidas por efectivos militares. Al año siguiente el régimen militar refundó el sello editorial bajo el nombre de Editora Nacional Gabriela Mistral. Finalmente, casi una década después, en 2003, se declaró la quiebra de la empresa y las maquinarias fueron rematadas y adquiridas por el Consorcio Periodístico de Chile, Copesa, para el funcionamiento de la revista Paula.


    Fuentes:
    “El Péndulo de la Cultura”, Guillermo Sunkel
    “30 años de políticas culturales: Los legados del autoritarismo”, Rodrigo Henríquez
    Sitio web Memoria Chilena, Dibam, “Editorial Quimantú”
    Artículo Diario La Tercera “Hicimos la revolución del libro”, 28 Diciembre 1999.
    Programa de Gobierno de la Unidad Popular.




Cindy González Silva es alumna de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Santiago de Chile. Actualmente cursa el último año de su carrera y realiza su investigación de tesis sobre la Responsabilidad Social Empresarial y sus modos de relacionamiento con los públicos. Cindy cursó su práctica profesional en el Departamento de Prensa de Televisión Nacional de Chile, ejerciendo labores de reporteo e investigación en cultura y espectáculos, siendo estas últimas áreas las que concentran su interés en el desarrollo del Periodismo.



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