Somos hijos del mecenazgo




El mecenazgo, como actitud pública o privada en relación al financiamiento de la cultura y las artes, ha desempeñado un papel fundamental en la evolución de la política cultural del Estado moderno desde el siglo XVI en adelante. Tanto en Europa como en nuestra América.
Con bastante razón podemos sostener que América es hija del mecenazgo. En efecto, es a lo largo del siglo XV cuando se conocen, principalmente en Italia y en España, numerosas acciones de ayuda y colaboración desinteresada con el mundo de las artes. El patrocinio se ejercía, unas veces, por parte de familias acaudaladas como los Médicis, quienes practicaban y proyectaban su generoso mecenazgo en la ciudad de Florencia, y otras, por parte de la Corona, como en España. Es de destacar que el año 1492, con el descubrimiento de América, es una de las fechas que la doctrina que ha estudiado la esponsorización suele tomar como punto de partida de la historia del mecenazgo. Es también la de nuestra partida de nacimiento.
La política cultural del mecenazgo estatal dominante entre lo siglos XVIII y XIX, consideró la tutela y apoyo a la creación artística y la alta cultura por parte de los poderes públicos, sustituyendo en ese papel a la Iglesia y a la aristocracia.
Fue preocupación manifiesta del Poder Real asegurar la protección artes y letras, la creación de bibliotecas y museos, academias de ciencias y artes. Así, durante el Siglo XVIII apareció una burocracia cultural que estimuló el mecenazgo público junto al surgimiento de un incipiente mercado de académicos e intelectuales profesionales. Esta serie de cambio provoca, en síntesis, una nueva idea de ortodoxia cultural ligada ahora a los intereses del Estado y del centralismo cultural, que serán las características centrales de la intervención pública en cultura en el siglo XIX.
El paternalismo cultural del Estado generó en América Latina numerosas instituciones dedicadas a la promoción y fomento de la cultura, como las Bibliotecas Populares (Argentina, 1870); Teatros Nacionales (Costa Rica 1897) y municipales; Bibliotecas nacionales, museos nacionales, archivos nacionales; Conservatorios; Normas de patrimonio arqueológico e histórico (Guatemala 1893-1894; México, 1896), una incipiente labor de protección internacional regional a la propiedad artística y literaria. (Montevideo, 1898).
Ante esta presencia estatal tan marcadamente influyente, el apoyo del mecenazgo privado no desapareció, aunque disminuyó ostensiblemente su presencia pública en las artes, concentrándose en la educación y la promoción de la salud pública.
Pero la presencia del Estado en la acción cultural desde comienzos del siglo XX iba a marcar el inicio de las políticas públicas en cultura. En1929 se crea la DIBAM en Chile y el Instituto de Antropología e Historia de México; en 1932 el Fondo de Cultura Económica (México) como empresa del estado; en 1937 el Instituto Nacional del Libro de Brasil, al año siguiente y en ese mismo país el Instituto Nacional del Patrimonio. En 1957 el Banco Nacional cinematográfico de México y en 1958 se funda EUDEBA en Argentina con sucursales en toda América Latina.
La actitud del Estado se modifica sustancialmente.
El reconocimiento de los derechos culturales le impone obligaciones y deberes, aspectos que suelen aparecer consagrados políticamente en las constituciones que se aprueban desde la segunda mitad del siglo XX. “El Estado Mecenas se transforma en un estado artífice y motor de cambio para alcanzar el estadio de la democratización de la cultura. ‘Cultura para todos’ es el nuevo lema de la política cultural, que se complementará luego con el de ‘Cultura para cada uno’, estadio de la democracia cultura” .
El mecenazgo público fue la característica dominante del Estado moderno hasta el último tercio del siglo XX . No obstante, en la actualidad serán las empresas más que la aristocracia y la burguesía las que habrán de contribuir con sus aportes al desarrollo de causas vinculadas con la promoción de productos artísticos y culturales.
Nuevas formas de mecenazgo aparecieron en la época moderna, mejor adaptadas a las estructuras económicas de hoy, mientras el mecenazgo histórico, aquel que como hemos visto no persigue una finalidad publicitaria definida, perduró sin embargo conviviendo con otras modalidades contemporáneas de esponsorización del arte, la cultura y el deporte. ¿Qué fue lo que ocurrió?
Para Harvey (2003) el declive de las finanzas y la consecuente disminución de los recursos públicos están en la clave de este “debilitamiento” del mecenazgo estatal; mientras Fumaroli (2007) ve en ello también un desgaste tras décadas en que el Estado convirtió a la cultura en una feria colectiva donde primaba un “simulacro cultural”.
Lo cierto es que frente al retraimiento de la acción del mecenazgo público, la mirada se vuelve hacia el sector privado, la industria, la banca y el comercio. Frente a la necesidad de buscar “nuevas” fuentes de financiamiento público de la cultura y las artes, la mirada se posa nuevamente en el patrocinio y mecenazgo cultural.

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