Yo, al igual que usted defiendo la música chilena, pero me importa más la libertad de expresión



Que quiere que le diga, es díficil no estar de acuerdo con la idea de apoyar a la música nacional. Me imagino que si en una asamblea lo preguntan a viva voz, pocos o nadie se atravería a dejar su brazo abajo. Es que a la gente le gusta el arte, especialmente si le dicen que es el propio. Y si para ello hay que conculcar algunos principios, que mas dá, total el fin es el que justifica los medios.

Es por ello que el proyecto de ley aprobado ayer por la Cámara y que pretende obligar a todas las radios chilenas a que al menos un 20% de la música que transmitan sea escrita o interpretada por un artista chileno, pasó con una amplia mayoría. Nuestros diputados, independiente de su color político, están por el arte.

Y ellos estiman que es razonable obligar a las radio chilenas transmitir música chilena. Y aplicarles multas a las emisoras que no cumplan, y aumentárselas en caso de de reincidencia. Pero a mi no me parece ni razonable ni conveniente. Yo habría dejado abajo el brazo.

Por de pronto es interesante anotar la que parece una legítima preocupación de los promotores de tan relevante norma por ampliar el marco jurídico que se aplica a una industria creativa como la música. Es interesante porque complementa el ya amplio espacío legislativo que la música tiene en nuestra legislación, con un Consejo propio y con recursos que no han parado de aumentar en los últimos años. Pero ello, seguro, a nuestros legisladores les parece poco. No nos han dicho por qué?

A diferencia de lo que sucede con otro tipo de industrias de productos finales, la industria cultural de la música y el cine han generado un prolífico debate internacional sobre la legitimidad de la existencia de un régimen jurídico particular y los límites económicos, políticos e institucionales que deben establecerse en procura de su fomento. Pero en esos debates, las cuotas obligatorias aparecen como una regresión a una época en que se podía imponer lo que los medios emiten. O lo que es equivalente, se pretende imponer (si se pudiera) lo que las personas pueden escuchar ( o ver, o mirar). Como es más fácil obligar al emitente a transmitir ciertos contenidos, que obligar al receptor a recibirlos, se opta por el camino más sencillo.


Las cuotas de pantalla, que obliga a exhibir "cine nacional" han sido un fracaso en todas partes, también la obligación de poner las cintas en el idioma vernáculo, como lo demuestra la aficción de los catalanes por las películas en castallano.


En la Alemania nazi, para asegurar que las personas escucharan los mensajes del Reich, las fábricas de aparatos de radio solo producían equipos con encendido/apagado. No tenian dial.


En nuestro caso, no será para tanto. Habrá ciertos horarios definidos por la norma. Nada nos ha dicho los honorables, sin embargo, sobre cuál es el diagnóstico en el que se basan para proponer que cuotas de programación en el dial, asegurarán más audiencias; cómo saben que esos horarios son los más adecuados, cómo se harán cargo de que una parte importante de nuestras señales de radio son satelizadas desde el exterior y, entre muchas, cómo pueden asegurar que la gente las escuche y no se vaya a su MP3 o cualquier otro aparato reproductor que hoy abunda. Si lo ue se busca es promover la música chilena, parace ser que la medida provocará lo contrario.

Pero más preocupante es la vulneración por la norma legal de un privilegio que le asiste a cada persona en particular, y a los medios por extensión en tanto cuanto, satisfactores organizados de ese derecho a la información que todos tenemos. Una medida de esa naturaleza pereciera desconocer que los medios de comunicación se deben a una identidad generada independiente y libremente que en condiciones normales, solo se sostiene por las preferencias del público. Las radios definen su identidad y mantienen un pacto tácito con los auditores que se prolonga en el tiempo, pues satisfacen sus necesidades de entretención e información de un modo u otro. Si no lo hicieran, no existirian. Esa es la fuente de su credibilidad

Nadie puede hoy por hoy obligar a nadie a escuchar lo que no quiere oir, a ver en TV lo que no quiere ver y a leer lo que no le interesa. Menos en una sociedad democrática donde existe libertad de expresión.


Otra arista, no menor, es reconocer quíen tiene más competencias para la definición de las políticas culturales. Ello porque la iniciativa aprobada por los diputados en primera instancia es una política cultural.

En Chile existe el 2003 un Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, organismo especializado del Estado a quien por imperio de la Ley y por competencia técnicas, le competen estas materias. No obstante, no parece haber sido consultado.


La promoción de la música nacional se hace mejor con estímulos que promuevan su calidad y no através de leyes que condicionan la libertad de programación de cada radio. Los artistas no son seres privilegiados de otro planeta aquienes haya que "defender" por medio de leyes. Los artistas, como todos quienes hacemos un trabajo que depende del público en definitiva, deben ganarse su espacio sin prebendas, ni cuotas, ni privilegios que no devengan de su calidad interpretativa o artística.


Cualquier otra cosa, huele a peligro.











fuente fotografía:

http://blogs.elmercurio.com/fotodeldia/2010/09/01/el-20-de-la-musica-de-las-radi.asp

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