La Hora de las Audiencias. Oportunidades y desafios para la gestión cultural en Chile




Trabajo preparado para su presentación en el Primer Congreso Internacional de Gestión Cultural - Nuevos Paradigmas en el Marco del Bicentenario, Universidad Nacional de Mar del Plata y la Asociación Argentina de Gestores Culturales Universitarios, Mar del Plata, previsto para los días 21, 22 y 23 de octubre de 2010







RESUMEN
La ponencia resume la experiencia de Chile de los últimos 20 años en materias de estrategias gubernamentales para la generación de audiencias para la cultura y las artes, avanza en el reconocimiento de la incidencia de las políticas culturales públicas orientadas a este efecto y reflexiona sobre el momento actual de la administración y gestión de la cultura y las artes en el país andino.
Se compilan metodologías específicas aplicadas en el país para hacer frente al desafío de la generación de nuevos públicos.


I. Introducción

Permítanme comenzar con una cita de un discurso aún reciente:

“Así como entendemos que la cultura es fundamental en el mejoramiento de la calidad de vida y el desarrollo integral de las personas, también es misión de una sociedad que se quiere justa, verla como una oportunidad de desarrollo. No podemos quedarnos de brazos cruzados cuando vemos que el incremento notorio que han tenido los mecanismos de fomento a la creación no se ha visto acompañado por un aumento sustantivo del consumo cultural, ni de las audiencias. En materia de audiencias, tenemos una realidad que reconocer: no estamos llegando a los más desprovistos de nuestra sociedad. Mientras en asistencia a eventos culturales el segmento social ABC1 promedia un 30,6%, el segmento E lo hace con un desalentador 2,6%. No podemos quedarnos sin actuar cuando vemos que el consumo cultural sólo aumenta en los segmentos más acomodados de la población. Mi desafío es muy ambicioso y el compromiso es disminuir esta desigual brecha que existe hoy”.

La declaración del actor Luciano Cruz-Coke Carvallo (Cruz -Coke, 2010), actual Ministro Presidente del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile, resonaba fuerte y clara ante la numerosa asistencia que abarrotaba el recién remodelado Teatro Municipal de Puerto Montt, donde se inauguró la VII Convención Nacional de la Cultura.

Y había poderosas razones para que el auditorio estuviera atento a las palabras del Ministro Cruz Coke. Primero, porque era su estreno como máximo personero de la institucionalidad cultural que heredó el gobierno de “derechas” que sucedió a veinte años de administración de “centro- izquierda” en las elecciones realizadas hace menos de un año en Chile y, había cierta expectación de saber como ese sector político asumiría esa carga sabiendo que se trata –al decir de muchos- de una orientación política en nada favorable al desarrollo de la intelectualidad y las artes (asociada también vanalmente con “las izquierdas”). Y segundo, porque era la oportunidad de hacer un balance de lo que había sido la actuación en materias de políticas culturales de la sucesión de gobiernos que encabezó la concertación de partidos que derrotó a Pinochet en las urnas en 1989.

Se trató, por cierto, de un discurso fundacional. Para nuestros efectos, fue una experiencia que marcará un hito en la discusión política y académica sobre las reales posibilidades de contribuir desde la acción del Estado y sus órganos de expresión artística y cultural, en los procesos de democratización de la cultura y promoción social de las artes. Fue también una ocasión propicia para hacernos cargo de esa evaluación pendiente sobre la posibilidad de contribuir a la generación de audiencias culturales desde la intervención del sistema público de cultura. Veremos este asunto con detalle.

II. La democratización de la cultura y los esfuerzos por aumentar la participación de las personas en la vida cultural.

Lo primero es señalar que paralelamente a los esfuerzos de los gobiernos democráticos por desarrollar políticas culturales desde su llegada al poder en 1990, se fue produciendo un fenómeno socio-económico-cultural que tiene en mayor o menor medida, como lo han evidenciado algunos estudios recientes (Bajoit, 2003; Moulian, 1998), a cada vez mas amplios sectores de la población chilena accediendo a bienes artísticos y culturales.

En efecto, cifras de consumo de la década pasada han puesto en evidencia que existe un alza generalizada en el interés de la población por el consumo de bienes culturales, lo que viene a confirmar que, en general, los chilenos acceden en la actualidad a mejores condiciones de vida (de la cultura y las Artes, 2009b). En el período que media entre 1988 y 1997, el porcentaje de santiaguinos consumidores de bienes y servicios culturales subió del 51 por ciento hasta el 63 por ciento, con especial pujanza en los sectores de menos recursos. El gasto promedio mensual de cada habitante era de unos $1.500 pesos en 1988 (unos 3 dólares y fracción), llegando a $5.455 pesos en 1997 (casi 11 dólares). La proporción que representó el consumo cultural en el gasto total de todos los hogares creció desde entre los años indicados un 2,6 a un 3,8 por ciento (De la Cultura y las Artes, 2009a).

Pero que las cifras no nos lleven a confusión. Pese a que las estadísticas evidencian ciertos progresos, la verdad es que más del 60% de los habitantes del país declara tener una relación distante y episódica con la cultura . Tras el teatro del verano, cuyos espectáculos callejeros reúnen a millares de personas, las salas languidecen por ausencia de espectadores . Parece que no hay nadie en el “lado oscuro de la sala” (Ceballos, Celhay, & Hyon, 2009).

Un 45% de los chilenos declara no leer libros nunca. La razón más frecuente para esto es la “falta de interés” (47,3% de los que no leen). En segundo lugar, se menciona el hecho de “no tener tiempo” (Jiménez García; La Fuente & Adimark, 2006). Otra cosa es lo que comprenden de lo que leen.

Un estudio internacional ("Nivel lector en la era de la Información",OECD, Statistics Canadá), confirmó que más de un 80% de los chilenos entre 16 y 65 años no tiene el nivel de lectura mínimo para funcionar en el mundo de hoy . Al compararnos con los otros participantes del estudio, la situación objetivamente no podría calificarse de menos que desastrosa (Eyzaguirre, Le Foulon, & Hinzpeter, 2001).

Se puede apreciar que pese a los esfuerzos por desarrollar políticas culturales que vayan en procura de una extensión del consumo cultural, la respuesta de la población no siempre ha circulado por el sendero que espera el inversor de los fondos públicos.

En estos veinte últimos años, las políticas culturales en Chile estuvieron marcadas por un esfuerzo que puede denominarse de “democratización de la cultura”. La “democratización” de la cultura fue asumida por los gobiernos desde 1990 en adelante, esencialmente como la necesidad de expandir las experiencias de consumo cultural a los sectores más desposeídos de la población (Henríquez Moya, 2004).

El acento ha estado puesto en la creación de nuevas audiencias y en el interés por la ampliación del consumo cultural de los chilenos.

Instrumento fundamental para la proyección de la acción cultural pública fue la creación en el 2003 del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, y de sus homónimos de la música (2004), del Libro (1993) y del Audiovisual (2004), cada una de ellos con su propio fondo de recursos asignados por Ley.



III. La generación de audiencias, qué se hecho, cómo y para que.

Se puede decir que en el campo cultural, no hay discurso ni manifestación cultural presentada por parte del Estado en estas últimas décadas que no mencione como los objetivos principales de su accionar: la democratización cultural y la conservación del patrimonio físico y espiritual y la difusión de las diversas formas culturales. La primera centradas en hacer posible el acceso a las manifestaciones artísticas y culturales al mayor número de personas; la segunda en la idea de que la cultura es un factor primordial en el desarrollo de un país, especialmente la que heredamos de nuestros antepasados.

La participación ciudadana en cultura nos parece sería equivalente a la capacidad y el interés de las personas, organizaciones sociales y de la sociedad civil, por asumir acciones concretas en los campos de la creación artística, de la producción y difusión de objetos culturales y de la preservación y buen uso del patrimonio. Mientras que el desarrollo de audiencias, se asume más bien como el conjunto de decisiones adoptadas formalmente para incrementar el número de receptores de los mensajes artísticos que asuman conductas activas en tal sentido (Antoine, 2009). Así, donde la participación ciudadana en cultura es más bien una meta de las políticas culturales, el desarrollo de las audiencias bien podría considerarse un objetivo de las mismas (Administración Pública, 2008). Y en políticas públicas, la diferencia entre metas y objetivos es más que una cuestión semántica. (Aguilar Villanueva, 1996; Armijo, 2003; Bustuelo Ruesta, 2003).

Si como principio general se asume que las políticas públicas requieren de instrumentos para su “implementación” y que al mismo tiempo permitan alcanzar sus metas y objetivos , como son eventualmente las leyes que las sustenten; las asignaciones presupuestarias que las financien y los organismos o reparticiones que las ejecutan; muy poco de ello es visible en la formulación de las políticas culturales chilenas.

Un recuento exhaustivo de esas estrategias de intervención desarrolladas por el ámbito estatal durante los veinte últimos años para el desarrollo de audiencias, escapa a las posibilidades de esta ponencia, debiéndome limitar en esta ocasión a señalar lo que me parece son las líneas maestras de aquello que desde la institucionalidad pública, se ha implementado en Chile para lograr que más chilenos puedan participar de la vida artística y cultural .

No existen evidencias documentales de la existencia de una planificación concertada de ese conjunto de acciones que concebidas desde el Estado, se hayan puesto en ejecución para estimular a los ciudadanos a involucrarse en la vida artística y cultural de manera más consciente . Lo más parecido son la variada gama de acciones contempladas en el documento denominado Chile Quiere Más Cultura (De la Cultura y las Artes, 2005), que inauguró en el 2005 una concepción más integral de la definición de las políticas culturales del Estado , aunque ellas no las incluyen a todas por cierto.

Por inferencia podemos intentar clasificar estas acciones en tres grandes rubros: a) estrategias de masificación, que incluyen decisiones relativas a lograr que amplios e indiferenciados sectores del país, especialmente de las grandes ciudades asistan como público a espectáculos de alta visibilidad, habitualmente gratuitos (para los asistentes); b) estrategias de diversificación; referidas a acciones tendientes a ampliar la oferta de la producción artística, generalmente bajo la forma de transferencias de recursos a personas e instituciones y; c) estrategias de intervención, que incluyen decisiones orientadas a generar cambios en las condiciones de accesibilidad a nivel socio-cultural de los individuos y los colectivos, generalmente asumiendo la forma de prestaciones estatales directas .

Veámoslas con algo mas de detalle.

a. La participación de los ciudadanos en la vida cultural a través de la masificación de los receptores/espectadores es lo que parece inspirar a un conjunto de programas gubernamentales como las Fiestas Chile+Cultura, los Carnavales Culturales y las diferentes versiones de los días temáticos (Celebración del Día Del Cine, Patrimonio. Música, etc), provienen desde los primeros meses de recuperada la democracia en, lo que se interpreta, como un intento por recuperar el uso de los espacios públicos para la expresión pacífica de los ciudadanos en oposición a las cerradas posibilidades que en tal sentido existió durante el Gobierno Militar .

En el empeño por llegar a más amplios sectores del público, desde el CNCA se ha intentado levantar barreras de acceso objetivas: localización, precio, falta de información; poner en contacto a las personas con el mayor número de expresiones disciplinarias de calidad, superando barreras de acceso de manera sistemática, habitual y artísticamente coherente (calidad, oportunidad, pertinencia); crear condiciones para el ejercicio de la expresividad de las personas y colectivos, no necesariamente orientadas a productos artísticos finales, sino a procesos de reconocimiento de las manifestaciones que sientan como propias, sin desmedro de la formación de los sentidos, de habilidades de apreciación crítica y contextualización de obras de diferentes áreas, con metodologías adecuadas a este enfoque; incrementar los canales e iniciativas de divulgación de las artes, de difusión de programaciones integradas y de convocatoria pública, posicionando a la cultura y las artes en el centro de la oferta de uso del tiempo y del ocio (como ha ocurrido con el fútbol, y la cultura de las teleseries).

Un ejemplo son las campañas de Días de las Artes que se celebran en Chile -como una instancia que suma al valor de la difusión, el de constituirse en una oportunidad de fortalecimiento del sector respectivo- así como el trabajo con los medios de comunicación y la producción de medios propios .

Así por ejemplo, el llamado Día del Libro tiene como misión “apoyar el desarrollo de la disciplina, a través de un hito anual de difusión de carácter ciudadano, que fortalezca la formación de nuevas audiencias, la participación más permanente de la población en la disciplina y la conectividad entre artistas e iniciativas a lo largo del país”, con el propósito de “desarrollar, a lo largo de todo el país, una celebración ciudadana que facilite el acceso de la comunidad, especialmente de los sectores más apartados y de escasos recursos, a la expresión escrita nacional dentro de un ambiente festivo y de aprendizaje”. No existe evidencia de que los distintos programas se hayan evaluado en el pasado más allá de su efectivo cumplimiento presupuestario.

b. Las acciones en procura de generar más audiencias a través de estrategias de diversificación de la oferta de contenidos parece haberse asumido en Chile a través de la procuración de fondos directa o indirectamente vinculados con la ejecución de los mismos, ya sea por concursos más o menos estructurados, o bajo la forma de transferencias de recursos a personas e instituciones.

Una forma concreta de asignación indirecta de recursos con control en la ejecución presupuestaria de los mismos para aumentar la oferta de bienes y servicios culturales disponibles, es la creación en 1992 del Fondo Nacional de Desarrollo de las Artes (FONDART).

Si bien la inversión total en fondos concursables se ha incrementado respecto del 2005, fecha en que comenzó a operar la versión actual del sistema de fondos concursables, no existe una diferencia sustancial en los montos asignados a los programas ya existentes.

Por ejemplo, en el caso del fondo de Fomento del libro y la lectura, la inversión es casi la misma del 2005 al 2008; sin embargo, la incorporación de dos nuevos fondos, Bicentenario e Infraestructura, implica un crecimiento sustancial de los números totales a partir del 2007. Por otro lado, no existe un sistema efectivo de medición, seguimiento y difusión de las iniciativas realizadas con los Fondos Concursables, es decir, un seguimiento posterior de los proyectos beneficiados con dichos fondos. No existe una evaluación de los proyectos tanto en su rentabilidad económica, como en su impacto social.

Con respecto a la evaluación de las rendiciones de los proyectos a nivel económico existe una demora sustancial en la entrega de certificados de rendición, dejando a los beneficiarios inadmisibles para postular a otros proyectos en el área.

La evaluación en la rendición de los proyectos sólo se realiza a nivel económico sin medir la calidad de los contenidos y la difusión de los proyectos, así como su impacto en la comunidad. En cierto sentido, es equivalente a decir que el Estado entrega recursos, pero no sabe que se hace con ellos, más allá del gasto.

Por otra parte, la asignación directa de recursos se hace sin control en la ejecución presupuestaria, pues dentro de las funciones específicas del CNCA se consigna el desarrollar esquemas de cooperación con fundaciones y corporaciones de derecho privado cuyos objetivos se vinculen con los de la institucionalidad cultural, especialmente con el cuidado e incremento del patrimonio cultural de la Nación y la promoción de la participación de las personas en la vida cultural del país.

En el pasado, los gobiernos de la Concertación generaron una política de apoyo y financiamiento a instituciones culturales autónomas del Estado. Entre éstas coexisten instituciones de larga data, como la Corporación Cultural de la Municipalidad de Santiago (que administra el Teatro Municipal, el referente máximo de la cultura de élite), como instituciones en proceso de gestación como el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM, inaugurado en septiembre de 2010), el Centro Cultural Palacio de La Moneda, la Corporación Cultural Matucana 100; la Corporación Centro Cultural Balmaceda 1215 y numerosas fundaciones, como Orquestas Sinfónicas Juveniles e Infantiles de Chile; Violeta Parra; Artesanías de Chile, Trienal de Chile; Teatro a Mil. Además se hacen transferencias directas de recursos a otros órganos del Estado, como el Consejo Nacional de Televisión y el Ministerio de Relaciones Exteriores (DIRAC).

Los recursos asignados directamente por el CNCA sumaron en el 2009 más de 15 mil millones de pesos, equivalentes a un 25% de su presupuesto anual. Se trata sin duda de un mecanismo eficiente y descentralizado de fomento al desarrollo de la industria cultural que se gestiona con prescindencia de los intereses del Gobierno en la promoción de contenidos culturales. No obstante, no existe un criterio transparente para la asignación de los recursos y no hay evaluaciones que permitan saber fehacientemente el cómo y de que forma el dinero de los contribuyentes vuelve en su propio beneficio tras la intermediación de estas organizaciones culturales ya artísticas que tienen, mayor o menos vínculo con el estado.

c. Mientras las estrategias de intervención, que como decíamos incluyen decisiones orientadas a generar cambios en las condiciones de accesibilidad a nivel socio-cultural de los individuos y los colectivos, generalmente asumiendo la forma de prestaciones estatales directas para formar públicos para las artes, tiene en iniciativas como los Programa de Talleres Artísticos y Culturales en la Jornada Escolar Completa (Okupa); el Programa Escuela de Rock y el Programa Creando Chile en mi Barrio (2007), junto al Plan de Construcción de Centros Culturales, algunos ejemplos concretos.

Okupa es uno de los pocos programas de intervención cultural directa del Estado que ha sido sometido a evaluaciones exhaustivas en el pasado (De la cultura y las Artes, 2007c), tanto en el plano de los resultados (“En el ámbito del desarrollo de capacidades creativas de los alumnos en cuanto al aprendizaje y perfeccionamiento de saberes y conocimientos, se concluye que la mayoría de los alumnos participantes pudo, por intermedio de los talleres, adquirir nuevos conocimientos en el ámbito artístico cultural y/o perfeccionar los que ya tenían, si bien hay que considerar que en cada grupo se observan niveles diferenciales de aprendizaje y; en cuanto a las prácticas de consumo cultural que realizan los jóvenes, se concluye que tras los talleres hay un aumento en el consumo de bienes culturales, en la lectura de periódicos, revistas y comics, en la visita a exposiciones y en la asistencia al teatro y la Danza”), como en el de los procesos.

El reconocimiento de las actuales autoridades del sistema cultural chileno frente a la distancia existente entre el incremento sustantivo de los mecanismos de fomento a la creación con el consumo cultural y la generación de audiencias, pone de manifiesto la necesidad de desarrollar mecanismos más eficientes y permanentes de evaluación y seguimiento de las iniciativas que el Estado desarrolla en tal sentido. No tanto por la necesidad de contar con mecanismos concretos que nos permitan saber cómo se están usando los recursos –cosa que ya en sí misma en un bien deleitable en materias de políticas culturales- , sino más que nada porque parece que con lo obrado no estamos llegando a los más desprovistos de la sociedad.

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