La sociedad del ocio y el consumo cultural

Señalan los expertos que la sostenibilidad será el gran desafío para muchas instituciones culturales en el primer tercio del siglo 21 (Friedman & J., 2007). Los cambios en los patrones de gobierno, empresas, y el apoyo individual, la nueva demografía, y las nuevas formas de crear, preservar y compartir información son un reto para la sostenibilidad de los museos, casas de cultura y otras instituciones culturales. En el año 2001 una reunión de especialistas convocados en el museo de Bristol, se avocó a identificar tres dimensiones distintas, pero que interactúan con la sostenibilidad: económica, intelectual y social. Del resultado de sus análisis se deduce que las crisis financieras son la amenaza más evidente para la supervivencia de las instituciones culturales, pero la debilidad intelectual y social puede ser igualmente peligrosa y puede hacer que un problema financiero temporal se convierta en fatal. Conocer el contexto en el que la institución cultural se desenvuelve resulta entonces a todas luces, una obligación inmanente para la gestión cultural contemporánea. Conocer al público que nos visita tiene el potencial para proporcionar parte de ese entendimiento crucial que las instituciones culturales necesitan para construir nuevos modelos, más sostenibles que los que sirvieron en el siglo anterior. El público, los asistentes, la audiencia, el receptor, la persona que se sienta allá lejos, en el “lado oscuro de la sala”, el respetable vecino que acude a nuestras instalaciones y que siempre es invocado cuando queremos justificar que nos asignen más recursos y que decimos tenemos presente en nuestras programaciones y en la manera como cotidianamente concebimos nuestro trabajo, ese público del que tanto se habla suele ser, la más de las veces, un perfecto desconocido para la mayoría de nosotros. Nos parece que el conocimiento de las audiencias, algo esencial desde la perspectiva de unos equipamientos y proyectos comprometidos con una verdadera democratización de la cultura, se vuelve extremadamente crucial en un momento tan difícil como el de hoy. Las audiencias culturales son los destinatarios de la producción cultural (sin su presencia y apoyo la difusión perdería su sentido), y en un momento de crisis son las más fieles a la hora de contribuir con sus recursos a la financiación de la oferta. Además, su presencia legitima el resto de recursos públicos y privados que acaban haciendo viable la programación cultural . Vivimos en lo que podríamos llamar “la edad de oro de las audiencias culturales”. Existen razones de muy distinta naturaleza que podrían ayudarnos a graficar mejor esa provocadora afirmación, pero debemos limitarnos tan solo a enumerar algunas ideas que la sostienen. Entre ellas, que en los tiempos que corren el usuario no es un mero receptor que se conforma con entregar un aplauso al final y pagar el valor de la entrada, quiere ser protagonista. Yo no sé si esto es el resultado de la inmanente presencia de los medios de comunicación en nuestras vidas, o si se trata de una extensión al plano social de las posibilidades de manejo e interacción recíproca que las TIC’s nos otorgan a cada instante y cada vez con mayor facilidad. Toda vez que uno se impone al hecho de que en países como el mío hay ya más teléfonos celulares que chilenos, no queda otra cosa que reconocer que la tecnología nos está cambiando a un ritmo acelerado. Tomo usted en cuenta además que para la mayoría de los jóvenes el celular (o móvil) se usa para un sinfín de cosas más interesantes que para hablar. Este fenómeno –conectividad, movilidad y globalización de los flujos de signos- afecta y afectará de forma decisiva a todos los aspectos de la vida social y a la organización y producción del significado (Ariño, 2010). Lo estamos viendo con la web 2.0, pero en realidad lo vamos a vivir y experimentar de una manera más radical en las nuevas etapas de desarrollo de la red de redes, conocidas como Web semántica (o Web 3.0) y Web ubicua (o Web 4.0). En su primera etapa la web conectaba informaciones y documentos; en la segunda, la web social, está conectando personas que crean comunidades, foros y blogs, gracias a las aplicaciones Wiki. La Web semántica es un conector que localiza contenidos, mediante máquinas de búsqueda que utilizan algoritmos personalizados y documentos enriquecidos de metadatos. La Web 4.0 se supone que tendrá la capacidad de conectar todo con todo gracias a la intervención de agentes virtuales inteligentes, que simularán las operaciones de la mente humana. Esta hegemonía del lenguaje digital supone un desafío y socavamiento de muchos mitos sobre los que se ha asentado el concepto de cultura (por ejemplo, la centralidad de la comunicación letrada y del libro) y la transformación de las pautas de acceso a los bienes y servicios culturales (movilidad) o la distinción entre producción y consumo (emergencia de los prosumidores). Al mismo tiempo, produce: desdiferenciación de espacios y campos (información, entretenimiento, comunicación), nuevas realidades y objetos como las redes, comunidades virtuales e hipertextos, y, por encima de todo, la metacultura. En síntesis, los dispositivos y servicios de las nuevas tecnologías de la información y comunicación (Internet, MP3, IPOD, banda ancha, laptops, teléfonos celulares, videojuegos, blogs, comunidades virtuales) no sólo están expandiendo las capacidades tanto de los productores o creadores de bienes y servicios creativos de contenidos simbólicos, sino que también están transformando los hábitos de consumo y prácticas culturales de la sociedad que los adoptamos y consumimos (Hinojosa Córdova & Silva Corpus, 2008). Otro aspecto que creo debemos tener en cuenta a la hora de acometer un estudio más profundo de las audiencias culturales desde la perspectiva de la gestión de la cultura, es que debemos reconocer que en paralelo a los cambios tecnológicos que hemos mencionado, se ha ido viviendo un aumento del tiempo libre y una mejora general de la calidad de vida. Como se sabe, los estudios de utilización del tiempo acumulados en la experiencia internacional, ofrecen una medida relativamente fiable sobre el tiempo diario que las personas realmente dedicamos a ciertas actividades, entre ellas el consumo de medios de comunicación y el acceso a la cultura (Pronovost, 1997) . Los estudios sobre la forma como las personas usamos el tiempo libre han recibido aproximaciones filosóficas (que auguran nos acercamos a una “civilización del ocio”) (Aranguren, 1972; Dumazedier, 1968); sociológicas (que enfatizan la relación del tiempo libre con la participación efectiva de los ciudadanos en los asuntos culturales de la nación) (Cid Fernández & Dapía Conde, 1999), y económicas, especialmente desde la economía de la cultura interesada en descubrir las relaciones involucradas entre el consumo cultural, el tiempo libre y el desarrollo (García García, Encinar del Pozo, & Muñoz Pérez, 2000; Garcia Gracia, Herrarte Sánchez, Moral Carcedo, & Zofio Prieto, 2003; Herrero Prieto, 1996; Munilla Cabrillana & Badia i Armengol, 2006; Vogel, Buquet, & Cebada, 2004). En los tiempos que corren, el cada vez más escaso tiempo libre cobra una importancia crucial en nuestras vidas, lo que ha supuesto un importante cambio en las tendencias de consumo audiovisual de las personas. Las audiencias de la televisión convencional, se están viendo afectadas por estos nuevos hábitos de consumo, reflejándose de manera clara en la drástica reducción de las audiencias televisivas en los últimos años (Pecharromán, 2010). Veamos algunos ejemplos para ilustrar este punto. En el marco de sus "Encuestas sociales generales", Statistique Canada realizó en 1986 una encuesta sobre uso del tiempo. En 1992, llevó a cabo otra del mismo tipo, cuyos datos son comparables con los de la anterior. En ambas encuestas, se siguieron prácticamente los mismos procedimientos. Si nos centramos en los datos de estas dos encuestas canadienses, observamos que el consumo de los medios tiene, en la actualidad, tendencia a decrecer en América del Norte (y con ello tal vez en todos los países desarrollados). De esta forma, en seis años, el tiempo semanal medio dedicado a mirar la televisión ha disminuido en dos horas a la semana en Quebec y en Canadá, especialmente por causa de un descenso considerable del consumo de la televisión convencional (casi media hora menos al día) y esto, a pesar del hecho de que la encuesta canadiense de 1992 ofrece una medida más detallada de la utilización de la pequeña pantalla . Aún hay más, los estudios sobre uso del tiempo han permitido establecer que tan sólo dos categorías de tiempo han visto aumentar su parte correspondiente, de forma significativa, en la distribución temporal global de la población: el tiempo de la vida asociativa y el del ocio. En lo que al primero se refiere, se ha incrementado más o menos en una hora a la semana. El ocio se ha proclamado ganador de la distribución de tiempo en muchos países desarrollados (INEGI, 2006c). El tiempo que se le dedica ha aumentado cerca de media hora al día, llagando a totalizar unas cuatro horas a la semana. Si el tiempo dedicado a la televisión tiende a descender, el aumento del tiempo empleado en actividades deportivas, el ligero ascenso del de la lectura, el mayor tiempo en reuniones sociales y visitas a los amigos, explican en gran parte esta subida del tiempo de ocio. En consecuencia, los países desarrollados ofrecen sin duda un panorama diferente que no siempre es fácil de extrapolar a otras latitudes, no obstante parece ser un hecho bastante extendido que las encuestas muestran desde finales de siglo un declive de la televisión convencional. A pesar de la proliferación de cadenas especializadas, cada vez pasamos menos tiempo ante la pequeña pantalla, las grandes cadenas americanas pierden puntos de audiencia. Bueno, en casi todas partes, menos en Chile (INE, 2009) . Un vuelco probablemente histórico está ocurriendo delante de nosotros y desafía el sentido común de muchos de quienes nos dedicamos a la gestión de la cultura. Existe un lento pero progresivo aumento del tiempo libre de las personas. Las encuestas están evidenciando que el tiempo dedicado a la televisión convencional disminuye, los medios ya no son los devoradores habituales del tiempo libre. En efecto, estos estudios han permitido holgadamente establecer que, en el pasado, todo aumento del tiempo libre dedicado a actividades de ocio acarreaba un mayor consumo de la pequeña pantalla sobre el 40 a 50 por ciento del tiempo libre adicional: evidentemente ya no es éste el caso, al menos en América del Norte. Como acabamos de indicar con relación a los cambios del tiempo de una categoría de actividad a otra, la tendencia va hacia un leve aumento del tiempo de lectura, más tiempo pasado con amigos, desarrollando actividades deportivas (al aire libre) y en la vida asociativa, pero no hacia un consumo incrementado de la televisión convencional o, de una forma más general, de los medios de comunicación social. Señalemos además, que la disminución observada afecta a todos los tipos de población, desde los más jóvenes a los mayores. Por otra parte, en contra de lo que se cree, son las personas de 15-24 años los que pasan menos tiempo delante de la televisión (la mitad que los jubilados). Tal como lo señala Ruiz Olabuenaga, el ocio ha irrumpido con tal vehemencia y dinamismo en nuestros esquemas culturales, en nuestra estructuras económicas de producción y en nuestras estrategias políticas (…) que por su misma fuerza reclama un esfuerzo científico de replanteamiento sobre lo que es y significa (Ruíz Olabuenaga, 1996). Los “públicos del ocio” (Goytia Prat, 1999) implican aquí una categoría de análisis centrada no tanto en la vivencia subjetiva de la experiencia, como en aquel conjunto de personas que participan de unas mismas aficiones o concurren a un lugar determinado para asistir a un espectáculo o disfrutar de una presentación. El público de un ámbito de ocio (cultura, deporte, recreación o turismo) es puntual, es decir, no implica fidelidad ni se caracteriza por el mantenimiento de la afición en el tiempo. A diferencia de los públicos, las audiencias de ocio son los públicos consolidados. Las audiencias son fieles a las aficiones, asistencia o disfrute de un ámbito de ocio determinado. Me parece que son esos los públicos que debieran interesar a la gestión de la cultura. Ellos están mezclados con los turistas, se mueven entre esos 8,3 millones de visitantes al año que entraron al Museo del Louvre (París, Francia); los 5,5 millones de visitantes del British Museum (Londres, Inglaterra); 5,1 millones de visitantes al año en el Tate Museum (Londres, Inglaterra); 4,3 millones del Metropolitan Museum (Nueva York, EE.UU.) y los 4,3 millones de visitantes al año que pasaron por los Museos Vaticanos (Vaticano), solo por nombrar a los top five entre los museos más visitados del mundo (Silvia, 2008). Notas. (1) En estos mismos términos se manifiestan los convocantes a unas Jornadas Internacionales dedicadas a Conocer los Públicos de la Cultura, realizadas en Barcelona los días 16 y 17 de septiembre de 2010. (2) Nos remitimos a distintos trabajos especializados con el fin de llevar a cabo una presentación crítica de este método de investigación. Debe ser suficiente recordar aquí que las encuestas sobre inversión del tiempo pretenden centrarse principalmente en una medida lo más precisa posible de utilización efectiva del tiempo, sobre un periodo que suele ser de un día; si se toma el de una semana, se procede generalmente contabilizando el total de cada uno de los días correspondientes. Para medir el tiempo diario, los datos extraídos de los estudios de uso del tiempo se encuentran entre los más fiables porque pasan revista al encadenamiento de las actividades, unas después de otras, normalmente sobre un día completo, mientras que los sondeos habituales se limitan a una evaluación subjetiva del tiempo dedicado, por ejemplo, a los medios (Juster y Stafford, 1985). (3) El consumo total de medios representaba en 1992 en Quebec 2h 08minutos, el de la televisión 1h 55minutos (comparando estos resultados a 2h 27minutos y 2h 23minutos respectivamente en 1986). El consumo en diferido (cintas de vídeo, programas grabados, etc.) representa aproximadamente media hora a la semana. El consumo total de medios ha descendido por lo menos en un 35 por ciento del tiempo libre total. (4) La televisión es la actividad preferida por los chilenos: el 64% de la población realiza la actividad por lo menos media hora durante el día. Al analizar estos indicadores, pero como actividades secundarias aquellas que se realizan al mismo tiempo de otra de mayor importancia), 34,7% de la población ve televisión mientras desempeña otras actividades, pero la radio, la actividad que presenta mayor tasa de participación como secundaria, es por excelencia una acción que acompaña el desempeño de otras. Informe INE 2009.

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