Mecenazgo Democrático...algo necesario para la cultura

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“Aunque no todos pueden ser artistas, muchos pueden ser mecenas”. La idea es del economista boliviano Roberto Laserna, actual director de la Fundación Milenio, quien viene promoviendo en el país altiplánico un proyecto de “mecenazgo democrático”  que hay que seguir con atención,  especialmente cuando propone avanzar con una legislación que potencie una nueva relación entre contribuyentes, más preocupados ahora por la cultura y menos dependientes de los donantes externos y del subsidio del Estado. 

Es que tal como a Laserna y muchos otros les parece evidente, es necesario volver a insistir  en el que el mecenazgo es algo más que una preocupación para las grandes empresas.

Como bien explica el experto boliviano, la filantropía no es atributo de los millonarios ni se canaliza solamente a través de grandes corporaciones. En el año 2005, de los 260 billones de dólares donados a entidades no lucrativas, el 76% fueron hechas por donantes individuales, es decir, fueron realizadas por personas vivas, y una gran parte a través de los mecanismos de exención impositiva que permiten a cualquier ciudadano realizar aportes directos a ese tipo de entidades (Laserna, 2011).

No obstante, cuando se piensa en mecenazgo y patrocinio, cuando se habla de auspicios y de financiamiento privado de la cultura, espontáneamente se piensa en los aportes de las empresas, de las grandes empresas.
Ocurre con las empresas haciendo de mecenas como con un iceberg en el horizonte, son las únicas que se ven sobre la línea de flotación. Se pueden tener muchas opiniones acerca de las compañías comerciales modernas. Se las puede evaluar de distantes, de orientadas puramente al lucro; otros dirán que son un aporte insoslayable al desarrollo del país, que dan trabajo a miles de hombres y mujeres, o cualquier otra visión, pero no cabe duda que su presencia resulta ineludible en el mundo actual. Nos relacionamos con empresas al ir al teatro, cuando acudimos a nuestro restaurant favorito, cuando compramos un libro, cuando rellenamos combustible en el automóvil o cuando vamos al médico (Machado Pinheiro & Gil Ureta, 2010). También están presentes en la cultura. Sería una ingenuidad creer lo contrario.

En América Latina únicamente Brasil y Chile, mirados generosamente, cuentan con leyes nacionales de mecenazgo cultural. Argentina, Colombia, Ecuador, México, Uruguay y Paraguay solo permiten algunas exoneraciones tributarias a las donaciones, no necesariamente orientadas exclusivamente a la cultura, mediante cuerpos legales dispersos.

Ello por cierto trae ventajas. Más allá de sus particularidades, la experiencia internacional evidencia que los regímenes de mecenazgo presentan dos grandes beneficios. En primer lugar, generan importantes flujos económicos para la cultura. En Brasil, en el 2008, debido a la Ley Rouanet, se captaron US$270 millones (US$ 2.000 millones en los últimos diez años). En Chile, en el 2011 a través de la Ley Valdés, se alcanzaron los US$ 20 millones, cifra solo un poco menor al monto invertido ese año por el Estado en el financiamiento de los cinco fondos concursables de dicho país.

En segundo lugar, permiten formalizar y profesionalizar los procedimientos para la obtención de fondos. El amparo legal contribuye a limar la relación jerárquica que muchas veces se establece entre los patrocinados y los patrocinadores, e incita la aparición de gestores culturales capaces de diseñar proyectos atractivos.
Pero la existencia de normas en los distintos países de América Latina que estipulan modalidades de estímulo a la contribución privada en el financiamiento cultural, es evidencia patente del consenso que parece existir en la región en que, en las tareas del desarrollo cultural, es necesaria la participación de todos los sectores sociales. Las empresas por cierto, pero también las personas cuentan.

La experiencia muestra que las políticas culturales más eficientes suelen ser las del ámbito tributario, especialmente cuando están planteadas dentro de un marco que contempla una intención  manifiesta de promover un intercambio más eficiente entre el sector público y el privado y, donde además se promueve un tratamiento más adulto del contribuyente, dándole la ocasión de poder decidir, al menos parcialmente, a donde redireccionar una parte de sus impuestos. 

Hoy por hoy, y especialmente allí donde la crisis económica ha hecho más urgente asumir que el sector privado –empresas y personas-deben participar más activamente en el financiamiento de las iniciativas culturales y artísticas, el mecenazgo privado a la cultura se vuelve más acuciante. En efecto, tras varios años de “letargo” legislativo para el sector y con una legislación que bordea los cuarenta años de antigüedad, países como Francia y España se han visto en la obligación de tratar de introducirles reformas para hacer aún más atractiva la posibilidad de que las personas y las empresas hagan contribuciones a la cultura. Y está dando resultados. 

Se debe insistir en que hay que educar a las personas para que comprendan la enorme satisfacción de disfrutar de una cultura que además han tenido el enorme placer de contribuir a hacerla posible con su dinero y con su ventaja fiscal. Ello obliga en primer lugar a una reivindicación de los individuos como sujetos capaces de un protagonismo cada vez mayor en la cultura, que además está asociado a la idea más original del mecenazgo – vg. la RAE lo define como aportación personal. En este terreno las posibilidades son infinitas y podría llegar a cubrir un espectro de la cultura muy desatendido por los discursos empresariales o políticos. El mecenazgo individual puede impulsar una actividad cultural sin medir retorno porque no quiera otra cosa que la satisfacción personal, lo que es pura filantropía. Como en Estados Unidos, donde las donaciones de particulares están liberadas de impuestos hasta el cincuenta  por ciento del ingreso de los contribuyentes y son  realizadas a entidades sin fines de lucro que sólo requieren un certificado de existencia y  declaración de finalidades.  De ese modo, es el contribuyente de a píe quien sostiene la gran calidad y cantidad de orquestas, teatros, museos y festivales que ese país mantiene y produce, repartidos en todo el territorio. Empresas, familias y fundaciones encuentran en estas contribuciones una excelente manera de devolver a la comunidad en cultura lo que han recibido en dinero y  poder.






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