FINANCIAMIENTO DE MUSEOS, MAS PRESENCIA PRIVADA POR FAVOR


Si algo ha demostrado la polémica de estos días sobre el financiamiento de nuestras organizaciones culturales y el impacto que la gratuidad ha tenido en el comportamiento del público asistente a los museos, es que estas instituciones totémicas de nuestro quehacer artístico y cultural requieren de mucha más atención de la que solemos prodigarles. En la fase de desarrollo histórico en la que se encuentran los museos ya no importa tanto el objeto (las colecciones) ni el sujeto (los visitantes), ahora lo que interesa es la relación entre uno y otro. Utilizando una terminología  de la especialidad, se ha pasado de un museo egológico (solo pendiente de sí mismo), a un museo dialógico (preocupado por interactuar con su público). Y esa relación es la que debe estimularse y apoyarse desde las políticas públicas y el financiamiento.




Para la economía de los museos, el recurrir al mecenazgo privado como mecanismos de financiación ya no es un “murmullo preocupante” sino “un grito de proporciones épicas”, en palabras de algunos expertos, especialmente como efecto de las crisis financieras. En efecto, desde mediados de los ochenta  se ha venido generando un campo especializado que estudia la dimensión económica de la gestión museal, asumiendo con naturalidad la presencia de patrocinios empresariales en estas organizaciones culturales.
Es un hecho que ante el retroceso de las partidas presupuestarias por parte del Estado y el aumento de los gastos de funcionamiento, el museo se enfrenta al desafío de captar fondos. Para logarlo, el museo ha optado por distintos caminos: caridad, colectas y recientemente campañas de fundraising.  La tendencia imperante es optar por atraer a patrocinadores. Los beneficios que buscan percibir las empresas al convertirse en patrocinadores se relacionan con la búsqueda de medios de comunicación alternativos para hacer llegar sus productos y servicios.  La percepción del público es altamente favorable hacia las empresas que aceptan patrocinar a organizaciones sin fines de lucro.
En nuestro medio, las organizaciones culturales suelen ser receptoras habituales de las donaciones de las empresas chilenas, en muchas ocasiones usando las leyes dispuestas para tal efecto. Ello obedece a un modelo de políticas culturales de financiación mixta que tiene sus raíces, al menos en el aspecto estrictamente legislativo, en la aprobación en 1990 de la Ley de Donaciones con Fines Culturales  y sus modificaciones posteriores (2001, 2003 y 2013).
Por su parte, la financiación  de los museos públicos en Chile está garantizada por la Ley de Presupuesto de la Nación. Sin embargo y pese a los aumentos en las cifras,  en relación al total de los montos, los recursos para cultura no superan el 0,4% del gasto público (CNCA, 2014). De ahí que las fuentes de financiación mixtas, con responsabilidades compartidas y objetivos comunes ofrecen una perspectiva de sostenibilidad para el sector cultural. Junto al aporte presupuestario fiscal, los museos, especialmente aquellos que no dependen directamente de la financiación estatal deben agudizar su ingenio para ampliar las posibilidades de autofinanciación: Cobro de entradas, Tienda, Gastronomía, Marketing,  Servicios y equipamiento turístico, Contribuciones voluntarias y Mecenazgo empresarial, entre otras.  Ello demanda ampliar sus capacidades de gestión y el consumo de mayores recursos. Los subsidios universitarios, el Fondart y otros fondos concursables ayudan, pero no solucionan la brecha que se va produciendo año a año.
Se estima que el aporte de los privados al financiamiento de la cultura en el global de las contribuciones hechas por las leyes de donaciones vigentes, es equivalente tan sólo al 10% del aporte público. Aunque no hay cifras oficiales, se estima que tan sólo un porcentaje pequeño de los museos chilenos han recibido aportes por las leyes de donaciones vigentes. Ello pese a su buena imagen, los atributos positivos que se suelen atribuir a su gestión y los esfuerzos que algunos de ellos están haciendo para mejorar sus competencias comunicacionales y captar nuevas audiencias.

El problema es que la Ley Valdés no está siendo suficientemente atractiva para estimular los aportes. Estudios recientes sobre el comportamiento filantrópico de  los grandes contribuyentes consignan que las donaciones a la cultura de ese sector son esporádicas y tienden a disminuir. Si a ello se suma la falta de conocimiento aplicado que alimente la toma decisiones en materias de políticas culturales hacia el sector, el panorama no es nada alentador. La baja de las audiencias en los museos no es asunto que se resuelva haciendo gratis la entrada, lo que nuestros museos necesitan (todos, los públicos y los privados) es recursos frescos que les permitan mejorar sus capacidades de gestión.

Foto. Museo Histórico Nacional

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