Donar a la cultura es una forma inteligente de pagar impuestos


”Las donaciones que las empresas hacen a la cultura no son sino una forma más sofisticada de evadir impuestos”, repitió con certeza uno  de  mis  estudiantes  cuando  les  pedía  su  opinión  sobre  el mecenazgo cultural.     ¿Puedes explicarte mejor, le dije?  “ Bueno lo que sucede es que muchas veces bajo el pretexto de hacer  aportes  a  la  cultura  lo  que  las  empresas  están  haciendo  es pagar  menos  impuestos  y  usted  sabe  que  los  impuestos son  de todo nosotros". No  puedo  dejar  de  pensar  en  lo  extendida  que  pueda  estar  esta idea  entre  los  círculos  de  artistas  e  incluso  en  el  común  de  las personas.



Pese a lo inveterado de la práctica de las donaciones en la cultura  occidental  (se  trata  no  por  menos  de  una  de  las  prácticas más consolidadas del derecho romano), sigue siendo mal entendida en  algunos  círculos.  Con  socrática  paciencia  volví  al diálogo  con mis estudiante explicándole la diferencia entre evadir impuestos y el legítimo  acto  de  descontar  tributos,  haciéndole  ver  qué  hacer  un aporte  al  desarrollo  de  una  experiencia  cultural  que  será  vista  por muchas  personas  y que  probablemente contribuya directamente al financiamiento de unos artistas no tenía por donde ser considerada una “evasión”. Ni siquiera una “elusión”.    

No les escondo la sonrisa que esbocé para mis adentros cuando le escuche aquello de que los impuestos “"son de todo nosotros”, pero ese es otro tema.  Cuando  una empresa  hace  una  donación  la  cultura  no  deja  de pagar  impuestos,  sino  que  el  dinero  va  hacia  el  financiamiento  de una  acción  que  directamente  contribuye  al  enriquecimiento  de  la sociedad. El dinero no se lo guarda la empresa sino que financia el arte,   genera   empleos,   enriquece   el   entorno   y   contribuye   al mejoramiento  de  la  calidad  de  vida.  

A  veces  no  es  fácil  decir  lo mismo del destino siempre incierto del fruto de nuestro trabajo que va  a  tributos.

El  que  los  contribuyentes  podamos  decidir  a  dónde van nuestros óbolos al Estado, al menos una fracción de ellos, es un principio  de  democracia  tributaria  que  ya  vendría  siendo  hora  que empecemos a exigir.  “Pero es la empresa la que decide hacia donde dirige su dinero y eso   no   necesariamente   es   algo   que   convenga   socialmente” apresuró a espetar mi incrédulo estudiante.

En cierto sentido tenía algo de razón, es la empresa la que decide qué hacer con su dinero, ese  es  precisamente  el  punto,  es  SU  dinero  y  como  cada  uno  de nosotros  tiene  el  derecho  de  poder  decidir  libremente  que  es aquello  que  queremos  hacer  con  el  fruto  de  nuestro  trabajo. 

En  lo que yerra es que las donaciones para que sean válidas y puedan dar origen  al  descuento  tributario  respectivo  -al  menos  en  la  norma chilena   regida   por   la   Ley   Valdés-   deben   estar   autorizadas previamente  por  un  comité  de  expertos  que  está  integrado  por representantes del Estado o que en cierta medida encarnan el interés  público.  Dicho  en  corto,  como  lo  prefieren  mis  alumnos,  no  se puede donar a cualquier proyecto y si la empresa quiere recibir los beneficios  tributarios,  debe  apoyar  a  una  iniciativa  que  ha  sido visada previamente por representantes del interés general.  No  es  entonces  una  decisión  arbitraria  y  antojadiza  la  de  una empresa que busca beneficiar a unos elegidos que por alguna razón oscura  se  convierten  en  sus  donatarios. 

Ese  proyecto  cultural  ha debido  ser  examinado  al  menos  en  un  par  de  oportunidades  por Comités de expertos que han estudiado.

La empresa que dona a la cultura paga igual sus impuestos, sólo que a través de un aporte a un proyecto cultural, dota de sentido su contribución al bien común.





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